PSICOGENEALOGIA

Alberto Arenales

PSIQUE & CONSCIENCIA    ·   SESIONES TERAPEUTICAS

 

C.G. Jung y el árbol genealógico.

por Alberto S. Arenales. 10/ 12/ 2009
 

 

El trabajo del gran psicoanalista suizo Carl Gustav Jung, revoluciona la concepción del inconciente y del hombre. Jung, explora en profundidad las más recónditas grutas de la mente humana descubriendo que habita en nosotros un inconciente colectivo distinto al inconciente personal. Intuyendo la importancia del árbol genealógico en nuestra psique vuelca parte de su vida a entrar en contacto con esas fuerzas.

 

Sobre su propio árbol genealógico, Jung fue descubriendo ciertas resonancias que durante toda su vida enriquecieron su labor y ampliaron sus intuiciones sobre la importancia de los ancestros en la psique humana. La influencia de su abuelo, médico como él, del que heredó su nombre, unido a la leyenda de que también su abuelo fuera hijo natural de Goethe, quizás fue decisivo para reunir en Jung la tenacidad y esmero del científico y la creatividad y amplitud del poeta. Del mismo modo podríamos decir que la influencia de su padre,  párroco protestante, propició su interés y búsqueda en una sabiduría oculta detrás de las religiones.  Conjunción de virtudes  que seguramente le convirtieran en uno de los más vivaces descubridores del fondo del alma humana. Repasando algunos de sus escritos quisiera compartir seguidamente algunos fragmentos de su monumental y controvertida obra que versan acerca de la importancia del árbol genealógico.    


 

“Cuando trabajaba con el cuadro genealógico comprendí claramente la curiosa vinculación del destino que me une a los antepasados. Tengo la viva impresión de que estoy bajo la influencia  de cosas o interrogantes que quedaron sin respuesta para mis padres y abuelos. Muchas veces me pareció que en una familia existía un karma impersonal que se transmitía de padres a hijos. Me lo pareció siempre, como si hubiera de dar respuesta a cuestiones que se plantearon a mis antepasados, sin que ellos pudieran responderlas, o como si debiera terminar o proseguir cosas que el pasado dejo inconclusas.” […]

 

“Por lo tanto , la causa del desarreglo debe buscarse en tal caso no en el ámbito personal, sino más bien en la situación colectiva. Esta circunstancia la ha tenido muy poco en cuenta la psicoterapia hasta nuestros días. […] Tanto nuestra alma como nuestro cuerpo se componen de elementos que todos estuvieron ya presentes en la serie de antepasados. Lo "Nuevo" en el alma individual es la recombinación variada hasta el infinito de los ancestrales componentes, cuerpo y alma tienen por ello un carácter eminentemente histórico y no hallan en lo nuevo, en lo recién nacido la adecuada morada, es decir, los rasgos ancestrales se encuentran en el propio hogar sólo en parte.” […]

 

“Cuanto menos comprendamos lo que buscaron nuestros padres y antecesores, tanto menos nos comprendemos a nosotros mismos, y contribuimos con todas nuestras fuerzas a acrecentar la carencia de arraigo e instintos del individuo  de tal modo que sigue a "la fuerza de gravedad" sólo como partícula física.” […]

 

“Y así permanecemos en las tinieblas sin vislumbrar si el mundo de los antepasados participa con bienestar ancestral en nuestra vida, o a la inversa, si se aparta de ella con aversión. Nuestra tranquilidad y satisfacción internas dependen en gran medida de si la familia histórica, personificada por el individuo, concuerda o no con las condiciones efímeras de nuestro presente.” […]


Recuerdos, sueños, pensamientos. 1961

 

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Pueden ser difundidos previo aviso y citando siempre la fuente, web y el autor.

 

El árbol genealógico, cartografía de nuestra familia interior.

por Alberto S. Arenales       3/1/2010

 

 

La Psicogenealogía es un arte que se sirve del árbol genealógico como si de un mapa del tesoro se tratara. Gracias a este mapa podemos guiarnos en este terapéutico viaje que nos ayuda a encontrar solución a muchas de las dificultades personales que se originan en el seno de nuestro entorno familiar. Para resolverlas, como si fuésemos el héroe de uno de esos relatos de aventuras en busca del tesoro perdido, tendremos que mantener un rumbo, seguir pistas, resolver determinados enigmas y descifrar algunos secretos para acceder hasta el gran tesoro que nos aguarda al final del viaje.

 

Nuestro mapa del tesoro es el árbol genealógico y al igual que todos los mapas indican el territorio pero no son el territorio. De la misma manera que sucede en las novelas de aventuras, el mapa (nuestro árbol genealógico) es antiguo y el territorio ha ido cambiando con el pasar del tiempo. Ciertas partes del mapa estarán borrosas o desdibujadas, otras quizás quedarán confusas o incluso puede que nos falte algún pedazo del pergamino y será nuestra labor completarlo y reconstruirlo. Si el árbol genealógico ilustra el camino recorrido por  nuestra familia, sin embargo no es nuestra familia. Nuestra familia es un organismo vivo. Respira, siente, crece y se transforma continuamente, esta en perpetuo movimiento. El árbol genealógico no puede ser solamente interpretado hay que vivirlo. Dejárselo sentir, notarlo, percibirlo más allá de una dimensión ajena a nosotros mismos. Hay que ser prudente en su uso y no incurrir en el error de pensar que el mapa es el camino mismo. La realidad que muestra es siempre otra que la que se abre en cada momento ante nuestros ojos. Nuestro mapa, nuestro árbol genealógico nos ayuda a establecer ciertas coordenadas en el camino, puntos de referencia, guía y orientación. Pero confundirlo con el terreno que pisan nuestros pies, confundirlo con la danza siempre en movimiento de nuestra familia, tomar por cierto y a pies juntillas su leyenda haría naufragar sin duda nuestra empresa.

 

Tomaremos el historial del árbol genealógico sólo como punto de referencia, una guía, un mapa al que mirar de vez en cuando para situarnos, apuntar datos en él y contrastarlos en la travesía. Actuando como el viajero que sentado en la popa del navío mantiene sus ojos atentos al mar y solo de tanto en tanto levanta la cabeza al cielo; comprueba que la estrella polar sigue marcándole el rumbo en el camino para volver su alerta mirada al oceano que con su nave surca. Del mismo modo guardaremos a menudo y a buen recaudo nuestra genealogía y miraremos de frente lo que nos brinda en realidad nuestro paisaje personal y familiar en cada momento. No vaya a ser que, sedientos, nos pongamos a cavar un pozo en busca de agua cuando tenemos el botijo al lado. No seria la primera vez que me encuentro con alguien que atraído por la curiosidad, empujado por su hipocondría o deseoso de no tener que responsabilizarse de lo suyo, decide escarbar en el pasado en busca de supuestos males de los cuales él es el único responsable.

 

Es necesario saber distinguir entre dificultades o limitaciones propias de nuestra personalidad de aquellas que hunden sus raíces en el árbol genealógico. Por lo tanto si se desea iniciar un trabajo terapéutico en este sentido es muy importante acercarse a un navegante experimentado, ya que ante el auge actual del llamado crecimiento personal, hay cada vez un mayor número de personas que afirman estar supuestamente preparadas. Entonces, estos ante cualquier demanda o dificultad personal argumentan o persuaden, desde un principio, a sus consultantes que es en su árbol genealógico donde se esconde el problema. Este proceder es precipitado y a veces equivoco ya que presupone de antemano que el conflicto personal hunde exclusivamente sus causas en el árbol genealógico. Así de convencidos muchos inician entonces una búsqueda exhaustiva por toda la genealogía hasta persuadirse de que ciertos indicios o coincidencias encajan en sus hipótesis. Parten, pues de una suposición que fundamentan en algunos datos del árbol genealógico.

 

En cierta ocasión llegó a mi consulta una mujer que se quejaba de que le era muy difícil encontrar pareja. Antes de que pudiese hacerle pregunta alguna, desenfundo delante de mi su árbol genealógico y mientras me lo mostraba señalando con el índice algún dato que allí aparecía, pasó a informarme que le habían asegurado que la causa de su infortunio con los hombres residía en lo desdichada que había sido su abuela. Cuando, sin prestar mucha atención al árbol genealógico que me mostraba con tanta insistencia, le pregunté qué hacia ella para encontrar pareja, fue que entonces que por primera vez, levanto sus ojos  para mirarme. Se hizo un largo silencio y me contestó aturdida: - Nada. Más bien me escondo -. Centrarme en ayudar a esa persona a superar y enfrentar su miedo a ser rechazada fue esencial para que fluyesen sus relaciones de pareja. Si hubiese atendido a la historia de su abuela tal como a ella se la habían planteado seguiría seguramente igual y sin pareja. Tuve la oportunidad de comprobar más tarde que no existía ninguna conexión de esta naturaleza entre nieta y abuela y que la razón de su desdicha arraigaba más bien en otras cuestiones que salieron a la luz a lo largo de la consulta.

 

Hay que saber que procederá ingenua y equívocamente aquel que pretenda vislumbrar las luces y sombras del árbol genealógico basándose sólo por analogía. Para alguien así, por ejemplo, llevar el mismo nombre de un antepasado, compartir fecha de nacimiento, semejanza o diferencia de caracteres será prueba suficiente para afirmar que allí hay conexión y motivo suficiente para concluir que es allí donde reside la fuente de nuestros pesares. Recurriendo a formulas tan aventuradas nos presenta verdades tan poco útiles como la que asegura que los caballos y las almejas se parecen en que no se suben a los árboles.

 

Un trabajo terapéutico con el árbol genealógico es mucho más complejo que un juego de espejos o el pasatiempo de las siete diferencias. Tampoco es una lectura o análisis de su estructura. Entran en juego muchos otros aspectos relativos a la persona, sus propias vivencias, la manera que tiene de afrontarlas, su entorno… Es fácil terminar perdido por caminos estériles si quien nos asiste en nuestro propio proceso personal no esta lo suficientemente sensibilizado y atento a las sutiles circunstancias  que nos acompañan.

 

 

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Alberto Arenales en la revista PSYCHOLOGIES

 

La Psicogenealogía, una entrevista con Alberto Arenales.


 

Alberto, tu trabajo con el árbol genealógico en qué consiste?
¿Qué es la Psicogenealogía?

 

La Psicogenealogía  es para mí una arte terapéutica que al mirar con respeto nuestro  árbol genealógico nos desvela el hilo de Ariadna que nos une íntimamente a nuestra familia y nos conduce a la médula de nuestros conflictos para poder reconocerlos y resolverlos.

 

¿De qué manera nuestra familia influye en nuestros conflictos?



Desde que nacemos pertenecemos a una familia que tiene una historia, unas creencias, una forma de amar y de relacionarse únicas a veces tan complejas y enredadas como un laberinto.

 

Todo esto nos impregna y nuestros padres proyectan y crean en nosotros sin ser conscientes unas expectativas a las que nos vamos a adaptar simplemente para ser amados, para pertenecer a la familia al igual que nuestros padres hicieron con los suyos.

 

De este modo muchas veces para seguir siendo amados renunciamos a aquello que nos acerca a la realización y es cuando entramos en conflicto entre lo que realmente queremos y lo que se espera de nosotros.

 

¿Y qué se espera de nosotros ?

 

En realidad que seamos felices.

Lo que sucede es que normalmente venimos de una familia que no ha conocido la felicidad en su totalidad, no se han visto realizada en todos sus aspectos, entonces renunciamos nosotros también a ella o acabamos realizando deseos que no son nuestros.

 

¿Cómo va a afectar esto en nuestras vidas ?

 

Muy a menudo nuestros conflictos son el reflejo de la falta de realización de nuestra familia.

Esto nos impide realizarnos como nosotros queremos. Somos fieles y permanecemos encerrados en la torre que construimos con nuestra familia y como el Minotauro miramos desde allí con nostalgia un horizonte lleno de belleza pero que no nos permitimos alcanzar.

 

 ¿Y cómo es posíble ?

 

Por falta de conciencia. Muchas veces el deseo de conseguir aquello que nos proponemos es mayor  y salimos de esa torre en busca del amor, la prosperidad, la salud o el placer con la ilusión de conseguirlo.

 

Pero entonces el mapa que nos guía hacia la salida del laberinto es el mismo que heredaron nuestros padres de generación en generación y a menudo esta tan estropeado, es tan confuso o le faltan tantas partes que acabamos trazando sobre este el mismo u otro  recorrido tan equivocado como en el que, sin saberlo,  se  perdieron también nuestros ancestros.

Así volvemos de nuevo a lo conocido sin realizarnos. Tomar consciencia de las motivaciones y los caminos que tomaron nuestros antepasados nos revela cual es nuestra  vía de realización auténtica.

 

¿Estas diciendo que los problemas que tenemos son culpa de nuestra familia?

 

No. Nuestra familia no es culpable de nada, eso sería como culpabilizarnos a nosotros mismos. Cuando como Teseo vamos introduciéndonos en el laberinto de nuestro árbol genealógico nos damos cuenta que en realidad lo que hay es falta de conciencia.

 

¿Entonces, de qué tenemos que tomar conciencia?

 

La  mayor parte de los procesos terapéuticos se centran en una toma de conciencia de uno mismo,  de los mecanismos internos que perpetúan la rigidez  que no nos deja vernos a nosotros mismos ni a los demás. Ciertamente muy importante. Pero parte de mi trabajo con el árbol genealógico es acompañar a las personas a despertar a una conciencia mayor.

 

Una conciencia  transgeneracional. Ensanchar nuestra mirada más allá del  nosotros, traspasar las fronteras del tú y el yo  para poder entrar en una conciencia que contemple estos vínculos que aunque están más allá del espacio y el tiempo presente son muy poderosos y a la vez tremendamente sanadores cuando los descubrimos.

 

 ¿Cómo podemos encontrar la curación en nuestro árbol?

 

 Nuestro árbol genealógico se asemeja a los cuentos maravillosos que nos contaban las abuelas al amor de la lumbre. Estos cuentos tradicionales están  poblados por infinidad de paisajes, personajes y reinos extraños; a veces terribles, mágicos o hechizados y que conforman un universo propio.

 

El cuento somos nosotros mismos. En realidad  princesas, brujas, ogros, gigantes y reyes son partes que pertenecen a nosotros mismos. El cuento nos va a ayuda con su lenguaje onírico a  poder integrarlas, nos va conducir con su lenguaje al poder de transformación que reside en nosotros mismos.

 

Igual que en un cuento, nuestros familiares conforman en nosotros una historia y un paisaje psíquico y emocional del cual participamos, somos los héroes de un relato que pone en escena los aspectos profundos y esenciales de nuestra familia. Esta historia genealógica contiene unos personajes y una estructura propia semejante a un cuento pero que a menudo esta perdida, prohibida o desviada y nos mantiene hechizados sin poder liberarnos.

La curación consiste como en un cuento en despertar del encantamiento y transformar aquellos personajes que nos habitan de ogros y brujas a  príncipes y princesas.

 

Cuando hablas de tu trabajo, he oido la palabra "integrativo". ¿A qué te refieres? 

 

Nuestro árbol genealógico es un organismo vivo.

Respira, siente, crece y se transforma continuamente.

Tan antiguo y milenario que a veces no logramos reconocer ni la rama en la que descansamos. Tiene tantas y es tan frondoso que a veces estamos enredados en él y no distinguimos la copa de las raíces. Nuestro trabajo es recorrer este árbol, reconocerlo, integrarlo y nutrirnos de él.

 

Sigo sin comprender...

 

Una vez mientras paseaba por un jardín un pájaro cayó preso enredándose en unas zarzas. El jardinero que pasaba por allí quiso liberar al animal. Con sumo cuidado lo puso en libertad sin romper ni una sola rama y sin hacer daño al pajarillo.

 

Y con eso nos estás diciendo que...

 

He visto personas que trabajan en psicogenealogía y que se acercan con una mirada analista. No ven más allá de los datos que aporta la persona sin tomarla en cuenta ni a ella ni a su familia. Se dedican a destripar tu familia como si de un cadáver se tratase y además te dicen que son ellos los responsables de tu sufrimiento. En mi trabajo intento ser muy respetuoso con la persona que se acerca a mí y también con todo su árbol genealógico.

 

Pero...  ¿Y si sufro porque en la familia alguien se ha portado mal?

 

Pretender liberar al pajarillo podando las ramas es ser muy irrespetuoso con el entorno que te rodea. Es una barbaridad decirle a alguien que sus padres o alguien de su familia son los culpables de sus dificultades por que entonces siempre van a mirar al pasado con rencor.

Además no ayuda porque al final te genera una gran culpa. Hay que mirarlos con aprecio y eso no es posible sin pasar por una transformación y allí es donde entra el termino integrativo.

 

Explícanos esto de la transformación.

 

Todo lo que rechazo se vuelve en mi contra. Mi árbol también soy yo, despreciar a mi árbol es despreciarme a mí. Pretender no pertenecer o no respetarlo es tener la soberbia de una montaña. Para llegar a la verdadera transformación he de ser humilde.

No puedo despreciar las raíces que me sostienen porque sencillamente son mis raíces, no tengo otras, y estoy aquí gracias a ellas.

 

Pero a veces nuestra familia nos pide que obedezcamos, que hagamos cosas que a veces nosotros no queremos. ¿Cómo voy a ser tolerante con eso?

 

No hay que confundir amar a los padres con someterse a ellos.

Tú hablas de tolerancia. Hoy en día nos hablan de esta palabra como un valor, pero no es cierto. Nos han vendido gato por liebre y nos han cambiado la palabra respeto por tolerancia.  Tolerar es ser permisivo y yo no permito que me insulten sin embargo soy respetuoso con los que me insultan. Es distinto.

 

De acuerdo, pero los insultos duelen. ¿Qué hago con eso?

 

Reconocerlo ya es mucho. Aquí llegamos al primer paso para llegar a la humildad que es la conciencia. Darme cuenta de que es lo que pienso, siento y deseo y responsabilizarme de  ello. Este es el primer paso para la transformación. Muchas veces lo mas complicado es llegar a este punto.

 

¿Por qué es tan complicado?

 

Mi trabajo de transformación con el árbol genealógico va en dos direcciones. El de las raíces y el de las ramas. Una es tomar conciencia, reubicar, reubicarse y nutrirse de las raíces, aquí estoy hablando del árbol genealógico y la otra el trabajo de las ramas que es tomar conciencia  y nutrirse de uno mismo.

Muchas veces el trabajo con las ramas es un impedimento para tomar de las raíces y viceversa. El trabajo con las ramas pertenece al “Yo” como individuo que muchas veces aunque empezó alimentado por las raíces es capaz de ser independiente y autónomo.

Al trabajar en psicogenealogía  tenemos que diferenciar cuales fueron las causas y  las circunstancias de mi familia a las cuales obedezco y soy fiel y por otro lado cual ha sido mi forma de hacerlo y adaptarme a este entorno.

 

Parece que hay una distinción entre un yo individual y otro familiar.

 

Yo creo que van de de la mano. Como en un árbol hay una rama principal que es el tronco y esta después se ramifica en sus ramas, estas no solo dependen de las raíces depende también del entorno al que están expuestas y  van a adaptarse con pinchos o con hojas blandas dependiendo del exterior.

Mi adaptación al entorno es mi carácter, mi ego que se muestra en forma de múltiples mascaras y no depende exclusivamente de las raíces. Hay que tomar conciencia, trabajar  las raíces y las ramas para que nuestros frutos en la vida sean ricos y dulces.

 

¿Algo dulce para terminar esta entrevista tan rica?

 

Lo más dulce del mundo es compartir nuestras riquezas.

 

Grácias por compartir las tuyas con nosotros.

 

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Un equilibrio invisible.

por Alberto S. Arenales     04/ 05/ 2008

 

Existe un nexo especial, invisible con todos los miembros de nuestra familia y aunque los conozcamos o no, los aceptemos o los despreciemos, tienen una influencia muy importante sobre nosotros. Ni siquiera es necesario que hayamos oído nunca hablar de ellos. Cada uno de los miembros de nuestra familia comparte con nosotros y con el resto un equilibrio comparable a las esculturas colgantes y móviles del artista contemporáneo "Calder".

 

 

 

Estas esculturas se caracterizan por sostenerse en el aire gracias al sutil equilibrio en que están dispuestas cada una de sus partes. El mínimo contacto que una fuerza exterior pueda ejercer sobre una de estas esculturas hace tambalear todo el conjunto haciéndolo oscilar hasta que su propio equilibrio se restablezca. No hace falta añadir que intentar quitar una de estas partes supondría romper su equilibrio y echar abajo todo el conjunto.

 

 

Cada una de estas piezas independientes aunque unidas en cierto equilibrio con las otras pueden compararse a cada uno de los integrantes de nuestro árbol genealógico. Visto de esta manera es fácil poder reconocer y ver nuestra familia como un sistema en equilibrio que comparte ciertas reglas que nos atraviesan, nos atañen y, hasta cierto punto, nos dirigen. Tomando el ejemplo anterior, cuando se desequilibra una de las partes se produce una reacción que afecta al resto del conjunto. Por lo tanto es importante tomar conciencia de la influencia de nuestro árbol genealógico ya que cada generación nueva que pertenezca a este sistema va a adecuarse al equilibrio ya establecido anteriormente.

 

 

Todos los asuntos no resueltos por los miembros de la familia no desaparecen como por arte de magia. Van a interferir de un modo u otro en el conjunto. Y como si de un tema pendiente se tratara,  van a seguir latentes hasta que se resuelvan. Para poder ser resueltos, muchas veces planean como un fantasma o pesan como una carga en el sistema familiar en espera de que, quizás, algún otro miembro se ocupe y se haga cargo de él, con el fin de restablecer de nuevo equilibrio.

 

Estos temas pendientes o no resueltos generalmente pertenecen a sentimientos que nunca pudieron ser expresados, a familiares que injustamente fueron excluidos por algún motivo o culpas que alguien carga sin saberlo sobre sí mismo. Aquello que no ha sido resuelto en una generación, quedará a cargo de las siguientes que retomarán a veces  esas vivencias, sentimientos o destinos.

 

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LOS BISABUELOS, La generación sabia.

por Alberto S. Arenales. 16/ 09/ 2009

 

Los bisabuelos son el horizonte más lejano que hemos podido conocer personalmente en nuestro árbol genealógico, y si hemos tenido la suerte de conocer alguno, forzosamente era muy anciano. Ciertamente nuestros bisabuelos pueden haber llegado a ser muy ancianos o haber muerto jóvenes, pero independientemente de la edad a la cual llegaron, la imagen interna que construimos automáticamente en nuestra mente es en general la de una persona de una edad muy avanzada. Nuestra mente viaja hacia un tiempo muy remoto y se acoge a la imagen o el arquetipo de ancianidad.

 

En la gran mayoría de las  culturas el anciano ha sido considerado el  puente de conexión con los ancestros y el poder divino. Se caracterizan por ser personas llenas de sabiduría capaces de resolver problemas o encontrar soluciones fruto de  la experiencia forjada durante largos años. Todos recordamos, gracias a las novelas, los documentales y el cine, la imagen del consejo de ancianos que decide los asuntos de la aldea y son respetados y venerados como receptáculos vivientes de un saber antiguo. Nuestro inconciente colectivo y por extensión nuestra cultura asocia la ancianidad a la sabiduría, el conocimiento y la tradición.


Los bisabuelos personifican ese saber ancestral de nuestro árbol genealógico. Allí donde duermen las leyendas y los mitos más antiguos. Gracias a ellos estamos unidos de generación en generación a las raíces más lejanas y profundas de nuestro origen y nuestra historia. Es una generación que pertenece al reino de la sabiduría y por definición a la del saber, el dominio y la virtud del pensamiento. La ancianidad, claramente asociada a nuestros antepasados representa pues el principio de sabiduría.

 

Nuestros bisabuelos han sido testigos de otra época, de un tiempo remoto que constituye la historia fundacional de nuestra familia. Son el terreno donde se sustentan los cimientos de nuestra propia ética y moral. Es la fuente que alimentó nuestras más arraigadas tradiciones, creencias y costumbres. La aportación de estas raíces es que nos sintamos unidos a la familia, a la humanidad, con sus luces y sus sombras. Por eso es importante reconocer, aceptar y tomar aquellos tesoros beneficiosos y útiles que nos ceden nuestros ancestros. Aunque no tenemos que olvidar revisar y renovar aquel patrimonio del pasado que, pudiendo ser limitante u obsoleto para nosotros, seguimos cargando por fidelidad.

 

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LOS ABUELOS, La generación afectiva.

 

por  Alberto S. Arenales.    19/ 12/ 2009

 

 

Nuestros bisabuelos, en general, los sentimos muy lejos de nosotros. Sin embargo los abuelos los hemos tenido más cerca, ha sido más fácil tener contacto con ellos. El lugar que ocupan es diferente al de los padres y para nosotros sus nietos, su figura representará valores distintos que los de nuestros padres o hermanos. Los abuelos no tienen la responsabilidad de educar ni de llevar adelante la vida de los pequeños, de eso ya se ocupan los padres. Más bien su tarea se centra, en el mejor de los casos, en la de cuidar. El cuidar, íntimamente relacionado con el interés y esmero de asistir y proteger con buen amor al prójimo de forma desinteresada, es el atributo más virtuoso de un abuelo o abuela en nuestros tiempos.

 

Ellos pueden dispensar a sus nietos la tolerancia y la indulgencia que pierden unos padres delante de la gran responsabilidad de tener bajo su tutela un hijo. Si no ha sucedido algo grave o desestabilizador, vemos que la relación entre nietos y abuelos es de una calidad distinta a la que se establece con los padres. Muchas veces hay una estrecha complicidad y alianza entre nietos y abuelos y es, en general, a través suyo que se refleja una forma de amar muy distinta de las que nos conceden los padres. Si se les ha dado un buen lugar, la imagen arquetípica bondadosa que encarnan en la familia los abuelos, fomenta una mejor disposición para cultivar mejores valores en nosotros. Los abuelos reflejan la experiencia, el espíritu y la virtud del corazón, un amor cultivado y maduro capaz de mostrarse atento y a la vez sereno ante los nietos.
Los abuelos son los padres de nuestros padres y la relación que se establece entre ellos nos afecta enormemente. El vínculo existente entre nuestros padres y abuelos influenciará la percepción que tengamos de lo que significa ser padres. El escenario en el que se desenvuelvan estos lazos va a determinar la capacidad de nuestro árbol genealógico para permitir que los hijos se conviertan en seres maduros, adultos e independientes o perpetuar actitudes infantiles o dependientes.

 

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LOS PADRES, La generación creativa.

 


por  Alberto S. Arenales. 23/ 11/ 2009
   

Los padres, más allá de cualquier otra cosa, son sobre todo nuestros creadores. El misterio de la vida se manifiesta en nosotros a través de ellos. Mediante su unión hacen posible el fruto que somos. Nuestros padres son quienes nos dan la vida a través de la sexualidad y por lo tanto no es de extrañar que la fuerza erótica sea un patrimonio que heredamos de nuestros padres. La sexualidad y el deseo es el vinculo más poderoso que nos une a ellos en contraste con del resto de nuestro árbol genealógico. La energía erótica se despliega como parte del proceso de desarrollo de cualquier persona durante la infancia  y va a ser liberada en el escenario familiar más cercano que acostumbra a ser el de los padres. Por lo tanto son los arquetipos paterno y materno que influirán con más fuerza sobre la creatividad y la libido de los hijos.

La sexualidad esta íntimamente ligada a diversas estructuras emocionales que no son siempre conscientes y fue ya el concepto freudiano del triángulo edípico, también llamado romance familiar, el que ejemplificó el interés sexual del niño por uno  de los progenitores. Aunque en realidad, los sentimientos edípicos no son, después de todo, "sexuales" en el sentido adulto de la palabra, sino que están más relacionados con una fusión emocional. Esta fusión que podríamos denominar de "enamoramiento" o de atracción hacia uno de los padres tiene como finalidad encender la chispa de un fuego que más tarde nos impulsará a buscar y elegir, fuera del clan familiar, una pareja, y establecer vínculos afectivos y sexuales satisfactorios. De cierta manera es como si nuestros padres fueran los portadores de la antorcha del deseo y nos pasaran la llama a nosotros para poder así disfrutarla y compartirla más adelante con quien queramos.

 

Somos el fruto de una pareja y esta antorcha misteriosa del deseo que recibimos es la unión de dos fuegos que vienen de arboles genealógicos distintos, el de nuestra madre y el de nuestro padre. En un encuentro amoroso, no solo intervienen dos personas, en realidad es la unión de dos familias. La medida en la cual nuestros padres nos transmiten el poder de la sexualidad, la capacidad de disfrutarlo y el permiso de elegir con quien compartirlo dependerá de la influencia que ejerce todo nuestro árbol genealógico.

 

Los arquetipos masculino y femenino que encarnan nuestros padres reflejan el principio de unión que representan las dos ramas de nuestro árbol genealógico. Somos fruto de esa unión y si se devalúa, menosprecia o ignora a uno de los padres hay una parte en nosotros que siente que no es valida. En realidad necesitamos querer y ser queridos por papá y mamá. La vida es un bien íntimamente unido al sexo y esta fuerza generadora une en los  padres los dos grandes principios universales: masculino y femenino, dualidad activa y receptiva, yin yang,  que tiene como finalidad más grande la creación. Somos la creación de nuestros padres, el fruto de su sexualidad. Poder percibir en nosotros esa dimensión, más allá de su personalidad y su presencia física, nos ayuda a integrar este potencial de forma beneficiosa.

 

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LOS HERMANOS: un lugar para compartir.

por Alberto S. Arenales.   16/ 09/ 2009
 

 

La relación fraternal comparte una misma generación y una misma posición en nuestro árbol genealógico.  La hermandad nos otorga en el seno de la familia  un lugar propio, nuestro sitio, un espacio concreto en el que establecer nuestra relación con el territorio. Seamos únicos, primeros, segundos, terceros o séptimos el lugar que nos es concedido será significativo a la hora de aprender a ocupar, compartir y gestionar un territorio alrededor nuestro. Y eso no solo es válido en relación con los demás, si no también con el lugar que me concedo yo a mi mismo; es decir la facultad para establecer un mayor o menor contacto con mis  propias necesidades y mi propio cuerpo.

Es en el entorno de la hermandad que se establece un primer campo de juego donde colaborar, estrechar lazos de amistad, cooperación, solidaridad y ayuda. La riqueza que surja de esta colaboración entre hermanos tiene como finalidad favorecer la concordia y la armonía con el resto del mundo más adelante. Entre hermanos se encuentra pues la primera ocasión para formar equipo, ubicarse en un núcleo social y por analogía también nuestro lugar en la sociedad.

 

Es entre hermanos que se reparte la herencia de nuestro árbol genealógico en el sentido más amplio del termino: biológico, amoroso y financiero. A veces la preferencia  por un hijo determinado, por el lugar que ocupa en el corazón de la familia o por los "privilegios" que se le conceden a un hijo por ser único, segundo, quinto o por pertenecer a uno u otro sexo genera muchas dificultades y conflictos personales que suelen ser el reflejo de cargas y asuntos pendientes de generaciones anteriores. Según los casos  los hijos se ocuparán en mayor o menor medida de este patrimonio. Cada familia es distinta y cada persona merece ser contemplada de forma exclusiva y particular ya que en una misma fratría cada hermano tendrá una relación única con su árbol genealógico y completamente diferente de la de sus hermanos.

Pertenecer a nuestro árbol genealógico.

 

Toda persona tiene el derecho de sentirse pertenecer, de saber que forma parte de los suyos, de verse en su interior apoyado y acompañado en todo momento por la fuerza de la vida. Nosotros fuimos acogidos por la vida gracias a nuestros padres. Ellos la recibieron a través de sus propios padres. Estos de los suyos y así de generación en generación vemos como nuestro árbol genealógico es cada vez más y más grande. Está conformado por multitud de parejas que a la vez fueron creadas por parejas anteriores estableciendo una red que se pierde en la memoria de los tiempos. Llegando hasta una frontera invisible donde sus raíces se expanden hasta el infinito abarcando a toda la humanidad. Y cuando nos sentimos ligados a esta gran familia que se ensancha sin limites atrás en el tiempo,  comprendemos por fin ese mensaje común en todas las grandes tradiciones diciendo que todos los seres humanos somos hermanos.

 

Así, al sentirnos pertenecer a nuestro árbol genealógico, nos damos cuenta que pertenecemos al mundo. La familia debería  transmitir que el  mundo no es un lugar hostil al cual hay que temer. Tendría que proveer la suficiente confianza en uno mismo para realizarse dentro de él. Es en el  seno de nuestra familia donde aprendemos a confiar en los demás, porque aprender a confiar en los demás es aprender a confiar en uno mismo. En nuestro árbol genealógico compartimos un mismo territorio común con todos nuestro parientes. Este territorio desde que nos acoge nos concede un espacio de protección y de seguridad donde poder más tarde confiar y sentirse seguros fuera de él. Aprender a compartir y a resolverse eficazmente en el mundo. Pertenecer es sentirse vinculado a un lugar, a un territorio, disponer de un espacio seguro donde descansar sintiéndose protegido.

 

Si hemos nacido en el seno de una familia que ha sabido incluir a todos sus miembros y compartir entre ellos tanto los éxitos como los fracasos, las alegrías y las penas sentimos la fuerza de un gran equipo capaz de apoyarse en los momentos difíciles y celebrar en los momentos  de gozo. Cuando nos sentimos pertenecer a todo nuestro árbol genealógico, el mundo se nos presenta como un lugar amable en el que podemos estar ya que se nos ha enseñado a convivir antes en armonía en nuestro pequeño mundo familiar.  Sin embargo si se me ha transmitido que mi árbol genealógico es un territorio del cual desconfiar, donde hay ramas peligrosas o podridas donde es mejor no subirse entonces empezaré a desconfiar de los demás y a tenerles miedo. Crearé fronteras a mi alrededor para protegerme de un territorio que temo que me destruya y acabaré sospechando del mundo que me rodea volviéndome desconfiado, uraño y más bien solitario.

 

El árbol genealógico nos concede un territorio determinado dentro de su estructura.
Desde que llegamos al mundo el lugar en la fratría condiciona nuestra relación con el territorio genealógico ya que muchas veces los padres establecen inconcientemente roles específicos para cada hijo. Nuestra situación respecto a nuestros padres es distinta si somos primogénitos, segundos, terceros, séptimos o únicos ya que el orden de nacimiento reparte y organiza espacios, despierta preferencias e inclinaciones adjudicando funciones distintas e historias particulares para cada hijo. El lugar que ocupamos respecto a nuestros hermanos es determinante para nuestra capacidad de establecer y compartir el propio territorio con los demás. Muchas veces la relación fraternal que se establece va a ir transmitiéndose de generación en generación. Al tener una persona hijos, vera reflejada en ellos su propia relación fraterna y de forma inconciente se inclinará a tener pactos secretos y lazos invisibles con los hijos que ocupen su mismo lugar filial.

 

Por ejemplo: Pedro siendo el segundo y último hermano ha mantenido una relación conflictiva y tensa en relación con su hermano mayor. Sintiendo que este ha sido preferido por sus padres, él se ha visto desatendido y desvalorizado, sintiendo haber tenido que ceder la prioridad de su espacio vital tanto físico como afectivo a su hermano mayor. Al correr el tiempo, una vez Pedro ya es adulto, revive la relación conflictiva que mantuvo con su hermano después de nacer su primer hijo. Sin saberlo su conflicto fraterno se reactualiza identificándo inconcientemente a su hijo con su hermano. Pedro se encuentra ahora con que siente celos de su hijo y  sin saberlo se  pone a competir con él. Cree que su hijo recibe una atención desmesurada que lo deja al margen (siente que su hijo le usurpa el territorio). Pedro, sin darse cuenta, asume con su hijo una actitud parecida a la que tuvo con su hermano ya que su hijo al ser el primogénito pertenece al mismo lugar en la fratria que su hermano. Pedro de forma inconciente pierde de vista su papel de padre y pasa a situarse frente a su hijo en un lugar que no le corresponde. Es decir, de algún modo es como si confundiese a su hijo con su hermano.

 

Más adelante en el tiempo, Pedro y su esposa tienen su segundo hijo. En ese momento Pedro se identifica inmediatamente con él. Su segundo hijo al pertenecer al segundo lugar en la fratría como él, despiertan  en el padre un fuerte vínculo y afinidad que lo convierten en su preferido. Como resultado de este movimiento el padre pasa a percibir a su primer hijo como un peligro para el segundo, posicionándose a favor y en defensa de este. Al aliarse con él inconcientemente no hace diferencia entre él y su hijo. Él es su hijo y a través suyo cree revertir y equilibrar la situación injusta que vivió en la infancia. Sebastián, el hijo preferido de Pedro. acude ahora al terapeuta al sentir un extraño rechazo hacia su primer hijo que acaba de nacer y es entonces cuando detectamos el efecto de una dificultad que se remonta tres generaciones atrás.

 

Las posiciones filiales pueden considerarse roles que se pueden heredar y que de una generación a otra ocupan dentro de las familias un cierto propósito que cumplir. Generalmente este propósito tiene como finalidad resolver alguna dificultad o conflicto que ya estaba latente en la generación anterior y poder restaurar el equilibrio. Hay que prestar atención a cuales son los roles que van tomando el relevo de generación en generación en el árbol genealógico, repitiéndose algunos para perpetuar cierta estabilidad y bienestar y cuales para intentar reparar y dar solución a conflictos irresueltos.

 

Si seguimos tomando como ejemplo el caso anterior nos encontramos que Pedro se vio envuelto en  un conflicto con su hermano mayor que hizo que su relación se mantuviese distante y tensa. Más adelante cuando Pedro tiene hijos, todo su pasado afectivo fraterno se reactualiza. Sin darse cuenta inconcientemente se alía con su segundo hijo, segundo en la fratría como él, ocupándosede que este reciba el lugar y los cuidados que él sintió no haber recibido en su infancia. Pedro revierte su situación fraterna a través de sus hijos, percibiendo al primero como un peligro para el segundo y procurando para este más atención y cuidados. Sin percatarse, está aportando una solución a su propio conflicto a través de sus hijos. Inconcientemente se pone a reparar su pasado pero sin darse cuenta que lo que hace está fuera de lugar y que además  genera en sus hijos un estado de rivalidad parecido al que él sufrió. Creyendo poner remedio a  su pasado, en vez de solucionarlo crea un conflicto parecido en la generación de sus hijos. Es ahora su primer hijo quien se siente injustamente desplazado y desatendido frente a un hermano menor idealizado y sobreprotegido por su padre.

 

 

Si profundizamos aún más en este caso nos damos cuenta que en el fondo Pedro, siendo el hijo menor, se cree desatendido y descuidado por sus padres en beneficio de su hermano. Los celos son pues justificados y esto es algo muy corriente en una etapa precisa de la infancia que más tarde acostumbra a superarse con el tiempo. Sin embargo hay padres que por diversas circunstancias, alimentan en demasía la preferencia hacia uno de sus hijos y la situación de litigio y lucha entre hermanos se instaura perpetuamente, incluso a veces sin la necesidad de hacer mucho ruido.

 

Inconcientemente los padres delimitan un territorio para cada hijo. Para establecer el espacio se basarán, de forma inconciente, en distintos criterios como por ejemplo el orden en el nacimiento, el sexo de cada hijo o su salud. Distribuirán el territorio de sus hijos de tal manera que no todos dispondrán del mismo espacio. Se establecen fronteras explícitas o no, que aparentemente benefician a unos y  perjudican a otros. No hay ninguna posición más o menos favorable y cualquier lugar que se ocupe en la fratría tiene ventajas e inconvenientes condicionando de algún modo su percepción vital y territorial. Las experiencias que ha vivido una persona en relación con sus hermanos marca profundamente su personalidad y su relación con el territorio tanto físico como afectivo. La forma en que haya tenido que compartir su infancia con sus hermanos va a establecer su modo de relacionarse con los demás en el futuro, determinando muy posiblemente también la relación con sus hijos. Examinar la propia experiencia vivida entorno nuestra relación con la fratría ayuda a poder comprendernos mejor y a cambiar formas de relacionarnos con nosotros mismos y los demás que muchas veces no son más que el reflejo de experiencia vividas de un pasado que no logramos integrar.

 

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Consejos prácticos que ayudan en Psicogenealogía.

por Alberto S. Arenales    24/04/2009
 

Estas son algunas de las sugerencias que son recomendables tener en cuenta al inicio de las sesiones terapéuticas que conduzco. Tenerlas presentes y ponerlas en práctica facilitan y favorecen el cambio, ayudando enormemente a avanzar en la resolución de conflictos y lograr finalmente la reconciliación y la sanación ya sea a nivel personal o psicogenealógico.

 



1.   No estancarse en la búsqueda del porqué.


Muchas personas acuden a mi consulta con la pregunta

¿Por qué? Es decir queriendo descubrir el porqué de su malestar. Está muy extendida la falsa creencia de que descubriendo la causa el malestar desaparece. Una manera de enredarse y no salir del sufrimiento, es justamente querer hallar explicaciones, buscando solo el porqué de lo que nos sucede. De esta manera lo único que se logra es encontrar culpables y justificaciones. El resultado es nefasto ya que eso nos ata más a nuestras dificultades y nos mantiene en una posición victimista. Averiguar causas y razones, solo conduce a perderse alrededor de interpretaciones y justificaciones que muchas veces no son más que hipótesis provisionales, teorías que alimentan el problema y nos alejan de la solución.

Saber no basta para cambiar. El descubrimiento de las causas no siempre permite modificar nuestra realidad. Es más, como nos advertía el famoso psicoanalista Lacan: "la interpretación nutre al síntoma". Por ejemplo, afirmar que mi madre fue "castradora" puede suponer mantener o reforzar mi sentimiento de impotencia. Darse cuenta de cual es la piedra que me impide avanzar en el camino es ya un paso importante pero dar vueltas alrededor suyo analizándola, intentando descubrir el porqué de su naturaleza  hace que no avancemos hacia ningún lugar. Concluyendo, como Sartre dijo: "lo importante no es lo que han hecho de mi, si no lo que hago con lo que han hecho de mi".

2.   Atreverse a cambiar.

 

Cambiar significa ponerse en acción, tomar las riendas de uno mismo, moverse hacia algún lugar distinto. Supone involucrarse, tomar partido. Sin embargo muchas personas acuden a las sesiones terapéuticas con la misma actitud de quien va a cortarse el pelo a la peluquería.  Se sientan y comentan sus dificultades para acabar diciendo: "Quítamelo! " o bien "me pasa esto y no me gusta sabes, ¿puedes hacerte tu cargo?" Por supuesto estas personas confunden lograr el cambio con recibirlo. Esperan que igual que el peluquero les arregla el pelo, el terapeuta les arregle el problema.

Esta postura claramente infantil resulta ineficaz e improductiva si queremos lograr alguna mejora ya que de este modo toda responsabilidad recae únicamente en el ayudador situándolo en el lugar de padre–instructor–guru y dejando al otro en la situación de niño–alumno–adepto. Desgraciadamente muchos terapeutas adoptan y difunden este tipo de relación alcanzando una creciente popularidad en medio de una sociedad cada vez más dependiente e infantil. Quien realmente necesita ayuda no puede conformarse con tratar sus dificultades pasivamente como si fuesen algo ajeno a si mismos dejando que sean otros quienes se ocupen. Esta recurrida actitud solo crea infantilismo y dependencia. Conseguir realmente logros consiste en comprometerse con uno mismo, responsabilizarse y transformar la situación con la ayuda del profesional, no dejándolo todo en sus manos y recetas.

 

 

3.   Deshacerse de la queja y la crítica.

 

Otras veces acuden a mi personas que parecen preferir mantenerse en el problema que encontrar alivio y remedio. Allí donde predomina la queja y la crítica todo intento de cambio resulta estéril. Envueltas en sus quejas y críticas las personas se posicionan mirando el problema y estancándose en él. Al incrementar la protesta inicial, se alejan cada vez más del camino de la solución. Ver la paja en el ojo ajeno es fácil y además nos disculpa y nos ahorra el trabajo de caminar hacia la resolución de nuestras dificultades. Por ejemplo, reprochar a nuestro padre que estuvo ausente no tiene ninguna utilidad, más bien reafirma y remarca lo que falta, además de llevar inevitablemente a la frustración. Bien mirados la queja, la crítica y el rechazo no son más que justificaciones y coartadas que seguimos contándonos para continuar lamentándonos indefensos y resentidos ante unos hechos que ya no podemos cambiar. Aceptar el pasado tal como fue nos ayuda a afrontarlo con valentía, reconciliarnos con él y avanzar logrando cambios en el presente. En definitiva hacer buenas migas con el pasado nos nutre y fortalece para vivir el presente y abonarlo con alegría y aceptación.


4.   Evitar las hipótesis y los juicios de valor.
 

 También hay personas que acuden a la consulta desplegando una minuciosa y detallada tesis de su historia familiar esperando que yo les aclare, confirme o desmienta sus hipótesis. La introducción y amplia difusión del psicoanálisis en nuestra cultura ha llevado a mucha gente a tomar por verdadera la falsa y extendida creencia de que comprendiendo que le sucede a uno o de donde viene su sufrimiento este desaparece. La triste consecuencia de este malentendido es que uno en vez de encontrar la solución solo se queda en la descripción. Ahora bien, toda descripción es siempre parcial y subjetiva, esta construida sobre un andamiaje de creencias y suposiciones que pueden fácilmente llevarnos a la confusión y el error.

Nos percibimos siempre parcialmente, nunca en nuestra totalidad. Sea nuestra persona o el propio árbol genealógico en el que estamos inmersos, querer descifrarlo se convierte en una tarea igual de ineficaz como voltear la cabeza para vernos la espalda. Nuestra vista nunca la alcanza. Además, como apuntaba antes toda descripción esta teñida siempre por supuestos que más que encajar con la realidad se amoldan al propio sistema de creencias y figuraciones de cada uno que precisamente es lo que muchas veces cimienta y sostiene las dificultades. Cuando Sócrates es nombrado por el oráculo de Delfos el más sabio de entre todos los hombres termina diciendo: "solo sé que nada sé".Esta famosa frase encierra la paradoja de que justamente librándonos de teorías y supuestos logramos aclarar nuestra mente y conocer la verdad.

5.   Definir lo que se quiere conseguir.

 

Lo primero que pregunto al empezar un trabajo terapéutico es cual sería un buen resultado para la persona una vez terminado. A menudo la respuesta es siempre igual de imprecisa: ser feliz, disfrutar más, no sufrir, etcétera. En realidad todos deseamos lo mismo sin embargo una respuesta como las anteriores no va muy lejos, no dice nada, es imprecisa. Es necesario tener bien fijada una dirección, si no extraviarse es fácil. Tener en claro que es lo que queremos conseguir concretamente y de forma explícita ayuda enormemente a encontrar la mejor solución. Frecuentemente, por ejemplo, vienen a consultarme mujeres que dicen querer mejorar su relación con los hombres. Al preguntarles que conseguirían con eso, en muchas ocasiones no tienen claro que responder. Primero es necesario un propósito concreto que lleve a algún lugar. Obviamente lo que nos gustaría conseguir de la relación con un amante, un padre, jefe o amigo es francamente bien distinto. Tener la mirada bien puesta y enfocada hacia el resultado que queremos facilita su alcance.   

 

 

Para concluir acabaré diciendo algo relativo al termino de la sesión. Una vez finalizada es recomendable dejar sedimentar la experiencia, reposar nuestra mente y descansar sin sacar conclusiones apresuradas o ponernos a actuar precipitadamente. Debemos actuar como lo haríamos ante una semilla recién plantada que resta recogida en la soledad de la tierra para germinar y dar frutos al cabo de un tiempo. 

 

 

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Lealtades familiares invisibles.

por Alberto S. Arenales    13/01/2009 

 

Las personas somos seres vinculares que necesitamos pertenecer a algún lugar donde sentirnos queridos, acogidos y cuidados. Sin duda el mayor vínculo lo establecemos con nuestra familia. Ese es el primer lugar donde hemos recibido atención, protección, cuidado, alimento. Tenemos un instinto de pertenencia a la familia que prevalece, aunque no nos percatemos, por encima de muchas otras cosas. Instintivamente nos incluimos, nos adaptamos, hacemos nuestra su manera de vivir, de hablar, de comportarse. 

 

Allí aprendemos a establecer vínculos, a relacionarnos, compartimos experiencias. Nos fidelizamos también a una historia, unos lazos y estilos de vida que aunque nos limiten o nos hagan sufrir reproducimos para sentir que pertenecemos. Somos fieles a las reglas de nuestro clan aunque nos conduzcan a la insatisfacción, la ruina o la muerte. Pertenecemos a ella y de forma instintiva, sentirse no pertenecer o saberse expulsado supondría nuestra desaparición, nuestro fin. En el reino animal este impulso queda más claro. El hecho de alejarse de la manada supone el peligro de ser devorado por otro animal y desaparecer. Ese es un riesgo demasiado grande para no seguir la voluntad y el designio del grupo. Pervive también en nosotros la prohibición visceral de traicionar o desobedecer a nuestra tribu, a los nuestros, el clan, la familia que nos acogió y se ocupó de nosotros. Lo paradójico es que a veces desobedeciendo o traicionando es que nos hacemos felices o prósperos.

 

Los vínculos con la propia familia van mucho más allá de lo que normalmente somos concientes y la mayor parte de las veces no nos percatamos de su alcance. Estamos influidos por un conjunto de contenidos inconcientes que nos unifican y solidarizan con los nuestros. Algunos son de carácter benéfico y su alcance y efecto son necesarios y útiles protectores de nuestra salud y bienestar. De forma inconciente algunas personas se mantienen también leales a limitaciones y desordenes de su clan familiar. asumen roles que no les pertenecen, implicándose en asuntos que no le conciernen, siguiendo destinos o cargando dolores y culpas que no les pertenecen. Siguen ciegamente lealtades familiares invisibles.

 

 

Hay personas que quieren desligarse y separarse de su familia. Se rebelan contra su modo de pensar o de hacer, de vivir creyendo liberarse así de lo que según ellos les aprisiona o no les deja ser ellos mismos. Se comportan o adoptan actitudes que aparentemente pueden parecer contrarias o muy distintas a las de sus padres y sin embargo siguen secretamente ligados a ellos por oposición. Por rebeldía  se convierten en exactamente lo contrario que sus padres en vez de ser ellos mismos. A veces nos encontramos que un hijo se rebela contra sus padres oponiéndose sin saberlo de un modo parecido al que sus padres hicieron con los suyos. Sigue siendo entonces una manera de permanecer leal a un modo de proceder que, lejos de ser liberador, constituye un patrón que se repite por varias generaciones.

 

Detectar cuales son las implicaciones familiares que nos influyen es importante pero no siempre es suficiente. Nosotros también hemos contribuido para que así sea. Darse cuenta y transformar aquellas actitudes y comportamientos propios que han ayudado a mantener esa situación, forma parte del trabajo que hay que hacer.

 

 

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La transmisión psicogenealógica.

por Alberto S. Arenales     22/ 09/2008.
 

 

Toda persona esta adscrita a un origen, a un linaje, una herencia, una transmisión. Uno hereda de sus antepasados conocidos o no cierta fisionomía, un color de ojos, un determinado tipo de cabello, un tono de piel e incluso cierta sensibilidad para algunas artes como la música, la poesía, el canto, o la habilidad o disposición para los deportes, manualidades u oficios. Del mismo modo podemos heredar la angustia de nuestra madre o nuestro padre, manifestar sentimientos de culpa, rabia, enfado o sentir la injusticia sufrida por otros miembros de nuestra familia al que estamos de algún modo íntima e invisiblemente ligados. 

 

Una mirada distinta hacia los eventos familiares y el contexto psico - histórico al que pertenecemos nos permite comprender mejor la naturaleza de nuestros sentimientos, de nuestra historia individual y familiar. Esta nueva perspectiva esclarece las repeticiones familiares y contribuye a contextualizar las dificultades, dramas, accidentes y enfermedades que se transmiten de generación en generación.

 

 

Nos encontramos con dos tipos de transmisión. Una es visible y la otra permanece mas bien oculta. Existe una transmisión visible entre generaciones que más o menos todos conocemos y reconocemos. Es una transmisión fruto del contacto, de la relación que mantenemos entre los miembros de la familia. Es aquel que es conocido y transmitido generalmente a través de la palabra y que nos lega un idioma, una forma de relacionarnos, una historia… todos, unos códigos reconocibles para nosotros y nuestra familia ya sea compartiendo unos valores, unas creencias, cultura, preferencias o gustos particulares. Esta transmisión indistintamente nos guste o no, la podemos reconocer, es clara y está a la vista de cualquiera.

 

Por otro lado existe una herencia, una transmisión que permanece silenciada, oculta, mantenida en secreto, no dicha, inpronunciada, a veces incluso impensada (no pensada) y que corresponde a hechos infelices, normalmente traumatizantes o vividos con vergüenza, duelos no resueltos, resentimientos, sufrimientos y pesares que no han sido del todo digeridos, ni elaborados. Cuando ciertos asuntos no han quedado bien zanjados, las generaciones siguientes parecen inconcientemente encargarse de ellos y sufrirlos también de algún modo. Esos malestares fueron enterrados y olvidados, pero permanecen latentes y activos y resurgen manifestándose en las siguientes generaciones esperando ser reconocidos, liberados y resueltos del todo como para poder "descansar en paz" y desaparecer.


Reconocer y dar un buen lugar a estos asuntos ocultos del pasado es necesario para apaciguar aquellos efectos que a día de hoy aún nos influyen. A veces no es fácil y al salir a la luz parte de ese pasado, nos vemos arrastrados por el enfado, la impotencia, la rabia o la vergüenza. Atender estos sentimientos y aprender a gestionarlos será vital en nuestro trabajo psicogenealógico. Aceptar lo que me pasa en el presente es el primer paso para reparar el pasado.

 

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El universo inconciente dentro del tiempo y el espacio genealógicos.

 

por Alberto S. Arenales.    08/ 06/ 2009 

                        

 

En la naturaleza el tiempo y el espacio tal como nosotros lo entendemos no existen. Regularlos, medirlos y tratar de acotarlos es un invento humano. Para nuestra dimensión inconciente, el tiempo y el espacio no existen. El árbol genealógico, si tomamos el espacio como punto de partida, es en este sentido un sistema irracional que funciona como un todo. No distingue entre sus integrantes, es decir que no distingue entre una generación y otra, todas son una. No existe un espacio diferenciado entre ellas, en nuestro interior, en nuestro universo psíquico profundo cohabitan y existen a la vez nuestra tía, nuestro padre, el bisabuelo, la hermana y toda la familia unida.

Del mismo modo el tiempo tampoco rige en absoluto la dimensión inconciente de nuestra genealogía. Para ésta el pasado, el presente y el futuro no tienen ningún sentido. No hay ninguna diferencia entre lo que sucede en las distintas generaciones. El tiempo tal como nosotros lo concebimos, mesurable y diferencial, desaparece en un solo tiempo presente. El pasado genealógico que nos precede se funde con el presente sin hacer distinción entre las generaciones de nuestros padres, abuelos, bisabuelos, etc… Las dificultades no resueltas en generaciones pasadas perviven en la nuestra del mismo modo que las virtudes y habilidades adquiridas tiempo atrás. En este sentido, solo existe un cuerpo y tiempo generacional unido e indiferenciado. Cada uno es a la vez toda su familia. En otras palabras, si para nuestra dimensión inconciente el tiempo y el espacio no existen entonces no hay diferencia entre una generación y la siguiente.

 

 

La parte positiva y beneficiosa de esta indiferenciación es inmensa ya que gracias a ella de padres a hijos transita cierta información profunda que va más allá de lo meramente racional y comparte recursos y habilidades que se han ido transfiriendo de generación en generación. Al estar de este modo interconectados, somos herederos de un enorme caudal de aprendizajes. Los vínculos y roles que aportan estabilidad, salud y fuerza al árbol genealógico se afianzan e integran a cada generación, perpetuándolos con el fin de evolucionar y crecer. En las sagradas escrituras ya se hace eco de algo parecido cuando nos sugiere en el Deuteronomio que castigará la maldad de los padres en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación aunque el bien dispensado será bendecido a lo largo de mil generaciones.

 

El árbol genealógico del mismo modo que todo ser vivo, que todo organismo, se regula y equilibra constantemente. Cualquier persona ante una contrariedad o tropiezo en la vida intentará ponerle remedio, buscara soluciones y procurará salir del bache lo mejor posible. El inconciente familiar ante las dificultades opera del mismo modo, intentará por todos los medios solucionarlas, ponerle remedio, corregirlas. Ahora bien, si como decía antes, para el inconciente familiar el espacio y el tiempo no existen, nos encontramos con que los conflictos no resueltos en una generación son asumidos por las generaciones siguientes que las sienten como propias, ocupando la misión de solucionarlas.

 

Es importante destacar aquí no sólo que la generación que se encarga de los temas pendientes no cae en la cuenta que estos pertenecen a una generación precedente ocupándose de los conflictos del pasado sin saberlo, sino también que muchas de las veces sigue utilizando las mismas vías de solución que fueron puestas en práctica en el pretérito. Esto se convierte en un dilema porque en realidad, esas soluciones ya no son efectivas y el intento de repararlas se convierte entonces en obstáculo. De aquí cabe subrayar que los conflictos del presente no son más que soluciones fallidas o interrumpidas en el pasado. Soluciones caducas que aunque no funcionan son portadoras de una intención y función positiva y reparadora.

 

Por ejemplo una actitud limitadora como podría ser el miedo irracional a las alturas tiene como función positiva y benéfica el proteger a la persona de caerse y hacerse daño. En tal caso, en el contexto psicogenealógico en el que estamos, si no se encuentra justificación a este miedo en la biografía de esa persona, cabe la posibilidad de preguntarnos si esta reacción, aparentemente irracional y sin fundamento, encuentre su sentido en la vivencia traumática de un antepasado: este mismo o uno de sus seres queridos murió al caerse de un octavo piso. Es decir que el intento de solución de una generación pasada ante un conflicto (en este caso alejarse de las alturas), ahora siguen actuando fuera de su contexto creando dificultades en vez de alivio.

 

Descubrir su verdadero origen, la intención positiva y la función protectora que ocultan las dificultades que a día de hoy se presentan repetidamente de generación en generación es fundamental para disolverlas. Existen roles que se suceden de generación en generación para perpetuar cierta estabilidad y bienestar y otros que se repiten para intentar reparar y dar solución a conflictos irresueltos. Muchos de estos intentos de solución fallidos desencadenan angustias, limitaciones, miedos irracionales, traumas, fracasos e incluso enfermedades que pueden considerase roles heredados y que de una generación a otra ocupan dentro de las familias un cierto propósito que cumplir. Como apuntábamos antes, generalmente este propósito tiene como finalidad resolver alguna dificultad o conflicto que ya estaba latente en generaciones anteriores. Descubrir cual es la intención positiva de todo conflicto que nos limita es la llave para poder disolverlo.

 

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El reloj genealógico.

por Alberto S. Arenales.  08/04/2009

 

Los seres humanos tenemos la tendencia de celebrar cíclicamente ciertos eventos importantes. Desde los más remotos tiempos celebramos cada año la llegada de la primavera o la época de siega a través de un ritual ya sea, como antaño, sacrificando una paloma a alguna divinidad o sacando la procesión para un determinado santo en esas fechas. Del mismo modo abrimos una botella de champán o soplamos las velas de un pastel el día de nuestro aniversario o conmemoramos la fecha que nos casamos en compañía de nuestro cónyuge. Llevamos flores igualmente al cementerio cada año en recuerdo de la muerte de algún ser querido o celebramos el veinticinco o cincuenta aniversario de la fundación de la empresa haciendo una gran fiesta.

 

Observando algunos árboles genealógicos nos damos cuenta que de forma inconciente e involuntaria también existe la tendencia de "celebrar" ciertos eventos que ocurrieron en generaciones posteriores durante fechas, épocas  o periodos parecidos. Sin saberlo uno se casa con frecuencia y muere con frecuencia a la misma edad, en la misma fecha o época que un antepasado suyo. Algunos hijos nacen el mismo día en que nacieron sus abuelos o sus tíos o puede que consigamos un ascenso en el trabajo en las mismas fechas en que fuimos concebidos. Muchas de estas sincronías tienen un carácter benéfico  o favorecedor, en el sentido de no tener por que interferir negativamente en nuestras vidas. 

 

Muchas de estas sincronías  o coincidencias en el tiempo puede que no pasen de ser una mera anécdota, que su influencia no tenga más repercusiones que las que tiene y carezcan de total importancia para nosotros. Que nuestro nacimiento coincida en la misma fecha en que nació o murió una abuela  no tiene porque tener consecuencias negativas ya que nuestro árbol genealógico tiene una tendencia natural a mantener el equilibrio y la armonía a través de la repetición.

 

En la naturaleza observamos como se repite el ciclo de las estaciones cada año, los planetas siguen orbitas bien precisas y algunos cometas nos visitan regularmente en fechas bien determinadas. En el árbol genealógico la repetición de fechas, periodos y ciclos también esta al servicio de un orden armónico y saludable.Sin embargo, encontramos también que ciertas muertes o separaciones traumáticas, accidentes, la aparición de alguna enfermedad o fracasos en determinados momentos de la vida de una persona acontecen en la misma fecha o periodo especifico en que generaciones anteriores sufrieron incidentes parecidos.

 

 El Síndrome de aniversario

 

De algún modo parecería ser que nuestra memoria familiar tuviese un calendario en el que quedasen registrados ciertos episodios que por su carácter traumático o trágico se repitieran como si de una fecha de aniversario o conmemoración se tratase, haciendo coincidir en el tiempo la misma edad, fecha o época del año en que ocurrieron.  Podemos considerar que ciertos traumas o heridas sufridas en la familia que no han sido elaboradas ni resueltas debidamente, tienen tendencia a repetirse. El acontecimiento traumático en la infancia de un niño de perder el padre o la madre en un accidente por ejemplo, puede volver a ocurrir cuando este hijo alcance la misma edad que tenia su progenitor cuando sucedió el accidente.

 

La doctora americana Josephine Hilgard estudió clínicamente muchos de estos casos durante años en hospitales americanos y puso el nombre de síndrome de aniversario a este descubrimiento. Se habla de doble aniversario cuando retomando el ejemplo anterior, la persona que perdió de niño a uno de sus padres en un accidente, padece él mismo un accidente cuando su propio hijo alcanza la edad que él tenía en el momento del suceso inicial. Si es necesario, trazar un mapa sincrónico de los acontecimientos familiares en el árbol genealógico es de gran ayuda.

 

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Los Secretos Familiares en Tintín

Serge Tisseron

 

Desde hace mucho tiempo, Tintín se convirtió en uno de los íconos más universales del culto popular. Su figura ha trascendido las caricaturas, y se ha establecido en televisión, teatro y cine, incluso dejando su cara de caricatura, y utilizando a actores para que lo personificaran. Además, Hergé y su obra ha sido motivo de gran cantidad de estudios por parte de artistas, graficadores, psicólogos, sociólogos, críticos literarios, etc. A continuación se transcribe una entrevista que se tuvo con el psicoterapeuta Serge Tisseron, quien dedicó gran parte de su estudio a la obra de Tintín. En la entrevista, iba explicando cómo él encuentra gran información en psicológica en los dibujos infantiles; por esa razón, indicó que, para establecer su método, había vuelto a leer todas las historias de Tintín.

 

¡Y volvió a leer las historias de Tintín!

Los secretos giran en torno a historias que tienen un principio, un desarrollo y un final. Por lo tanto, tenía que decantarme por algún autor que dibujara historias completas. Las litografías no explican historias, sólo ofrecen instantáneas aisladas. Entonces, por lógica fui a parar a los cómics. Como conocía bien Las aventuras de Tintín porque las había leído de pequeño, empecé la investigación por ahí.

¿Y qué descubrió?

Demostré que había un secreto de familia solapado en toda la obra. Hergé, el creador de Tintín, era nieto de una madre soltera y todos le habían dibujado una imagen de su abuelo, cuya identidad siempre se mantuvo en secreto, como de alguien muy prestigioso. Por lo tanto, en su vida había un peso muy grande por intermediación de su padre, que siempre estuvo resentido con su madre por ocultarle el nombre de su progenitor. Además, los biógrafos del famoso dibujante confirmaron esta información. Así pues, Hergé expresó en imágenes el secreto que, de pequeño, no pudo expresar con palabras.

Resulta alentador saber que los niños y jóvenes continúan hoy leyendo Tintín, aun cuando el hecho de que lean los álbumes comprados por sus padres o incluso por sus abuelos pueda suponer un problema para la editorial Castermann. No obstante, los jóvenes de hoy no leen Tintín de la misma forma en que lo hacíamos los de mi generación: el mundo de Tintín les parece tan ajeno a su vida cotidiana como el de una novela de caballería, mientras que todavía era el mundo de nuestra infancia. Además, ahora los álbumes están disponibles en su totalidad y pueden leerse en cualquier orden. Sin embargo, la cronología es importante: cuanto más avanzan las historias, los personajes ganan en riqueza, la búsqueda de los héroes se vuelve más precisa y se afina la construcción de sus relaciones.

 

 En cualquier caso, y antes de entrar en los aspectos esenciales de Tintín, quisiera hacer una última observación preliminar: no porque nos guste Tintín nos tiene que gustar Hergé, cuya biografía contiene varios elementos problemáticos. Con todo, es importante distinguir entre la personalidad de Hergé y el medio en el que vivía. Cuando Hergé comenzó a dibujar, fue contratado por una personalidad de la extrema derecha del catolicismo, el abate Wallez, que lo tomó bajo su protección y le presentó a su secretaria, una mujer muy bella con la que Hergé no tardó en casarse, y que resultó ser «rexista», es decir, afín a la extrema derecha fascistizante. 


Así pues, tanto su jefe como su primera esposa constituyeron una pésima influencia para Hergé. Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, Hergé no tomó partido oficialmente; continuó dibujando para uno de los periódicos que se habían alineado forzosamente con el ocupante alemán (los que no lo habían hecho habían desaparecido). Ahora bien, a partir de aquel momento las historias que dibuja Hergé para Le Soir poco tienen que ver con la actualidad.

Mientras que antes de la Guerra Hergé siempre situaba a Tintín en el corazón de la actualidad –el ejemplo más caricaturesco esTintín en el país del oro negro, ya que en la primera versión de este álbum, Hergé no duda en poner en escena los enfrentamientos entre el Irgún y el ejército inglés en la Palestina de la época–, cuando llega la guerra del 39, Hergé se guarda mucho de enviar a su héroe al campo de batalla, y lo sitúa en una búsqueda genealógica: El secreto del unicornio y El tesoro de Rackham el Rojo. 
 

Con todo, la investigación genealógica guarda cierta conexión con la realidad, si tenemos en cuenta que para los nazis un judío era toda persona con más de un cuarto de ascendencia judía. Muchos le reprochan que no haya abordado directamente el tema de la dictadura alemana –algo francamente difícil si quería mantener su trabajo en Le Soir–, pero también hay que apreciar en lo que vale el hecho de que no hiciera de Tintín un héroe rexista o incluso nazi. 

En definitiva, Hergé no tomó parte de forma nítida y se mantuvo al margen, dibujando historias para niños en el diario Le Soir –un periódico, dicho sea de paso, mucho menos violento que los demás medios colaboracionistas–. Ahora bien, Hergé no era una mera firma al final de una columna, sino un colaborador muy visible. Ocupaba una página completa, y lo cierto es que sentía cierta preocupación.

A Hergé también se le ha acusado de antisemita –en La estrella misteriosa puso en escena a un banquero con una nariz judía como la de las caricaturas nazis–, y se le ha reprochado que hiciera hablar a los negros de Stock de coque de forma marcada y caricaturesca. También Tintín en el Congo es acusado de racista. Estos reproches, en su mayoría ciertos, no pueden barrerse de un plumazo. Cuando se contextualiza cada álbum se aprecia que Hergé participaba totalmente del clima de la época; totalmente integrado en la pequeña burguesía belga, no hacía más que poner sobre el papel lo que oía a su alrededor. Tintín es el fiel testimonio de una época, de un ambiente que, ciertamente, se inclinaba a la derecha. El lector no sólo se enfrenta a los paisajes y objetos de esos años, también a sus ideologías. Tintín en el Congo refleja a la perfección el espíritu colonial del momento. Por supuesto, se puede reprochar a Hergé el no haber tomado una distancia crítica frente a lo que oía y veía, pero si lo hubiera hecho, ¡tal vez no tendríamos hoy una obra tan apasionante!

 

La riqueza de la obra de Hergé permite leerla desde numerosas perspectivas –histórica, geográfica, política, etnológica, gráfica–. Mi aproximación (mi trabajo se remonta al comienzo de la década de los ochenta), parte del hecho de que la obra está en clave, encriptada. O dicho de otro modo: la obra contiene un enigma, o si así lo prefieren, encierra un secreto en torno al cual giran todas las historias. En 1983 publiqué un artículo titulado «La question du père dans Les aventures de Tintin» (La cuestión del padre enLas aventuras de Tintín) que, en 1985, dio lugar a mi libro Tintin chez le psychanalyste (Tintín en el psicoanalista), en el que estudiaba la clave de la obra de Hergé y la causa probable: tal vez Hergé había crecido en una familia que guardaba un secreto de filiación, algo vergonzoso –un padre que no reconocía a su hijo, por ejemplo– y a la vez glorioso –un padre importante, tal vez un noble o alguien más elevado–. Y tuve la fortuna de que algunos años más tarde los biógrafos de Hergé confirmaran la existencia de este secreto de familia. Yo lo había descubierto basándome únicamente en la lectura de los álbumes de Tintín, algo que no hubiera sido posible si la obra no estuviera, de algún modo, en clave.

Por supuesto, Las aventuras de Tintín no es la única obra atravesada por un secreto; muchas grandes obras encierran un enigma de este tipo. Se desarrollan en dos niveles: uno explícito (hay una narración, unos personajes, unas aventuras) y otro implícito o soterrado, cuya significación no aparece enseguida, pero que está suficientemente presente como para suscitar preguntas en el lector. Estas obras en clave producen la sensación de que algo se nos escapa, de que damos vueltas sin alcanzar ese algo, y se reconocen porque volvemos sobre ellas una y otra vez. Por eso Las aventuras de Tintín constituye una gran obra, no sólo del siglo XX, sino incluso de la literatura mundial, una obra que permanecerá porque es enigmática, porque posee un alcance mucho mayor que el interés que pueda suscitar la narración explícita de ciertas historias.

Comencé a leer Tintín a los tres años –sin esperar a tener los siete que recomendaba la publicidad: «para lectores de siete a setenta y siete años»–. Recuerdo que la lectura me planteaba diversas preguntas, en particular recuerdo dos: la primera concierne al nombre de Dupont y Dupond (Hernández y Fernández en castellano), que son hermanos gemelos, pero tienen un apellido distinto. Recuerdo que pregunté a mis padres por qué los gemelos no tenían el mismo apellido y, lógicamente, no supieron qué responderme. La pregunta me siguió acechando y más tarde intenté resolverla, como explicaré.

 

La otra cuestión que recuerdo de mi infancia tenía que ver con El secreto del unicornio y El tesoro de Rackham el Rojo, los dos álbumes preferidos por los niños (el lector de sesenta años prefiere Las joyas de la Castafiore). Recordarán que en estos dos álbumes aparece un antepasado del capitán Haddock, el caballero de Hadoque, que vivió en la época del rey Luis XIV y consiguió robar un importante tesoro al pirata Rackham el Rojo. El capitán Hadoque escondió el tesoro, en lugar de entregárselo a su rey, como se suponía que debía hacer, y dejó una serie de pistas para conducir a sus descendientes hasta él. Hasta aquí todo claro. El problema es que las pistas conducen a Haddock, a Tintín y a Tornasol a una isla en la que no hay nada. Es decir, el caballero de Hadoque deja unas pistas que orientan a sus descendientes hacia un lugar en el que no se encuentra el tesoro que, de hecho, se halla precisamente bajo los cimientos del castillo de Moulinsart. De niño yo me preguntaba asombrado por qué alguien que tiene un tesoro puede querer construir una historia tan retorcida para conducir a sus descendientes a un lugar en el que no está ese tesoro. Pues bien, lo comprendí más tarde: era una manera de decir que detrás del secreto del tesoro robado había otro secreto. Tal vez les parezca que esto no es adelantar mucho, pero mientras que en el caso de los Dupont/d no hallé respuesta, el caballero de Hadoque me condujo a la idea de que había un secreto escondido tras el secreto.

Naturalmente, en mi infancia, este «descubrimiento» no me permitió avanzar más allá. Pero crecí y me hice psiquiatra y psicoanalista. Releí Las aventuras de Tintín con mi hijo, cuando él tenía también tres o cuatro años, y volví a hacerme las mismas preguntas, sólo que esta vez tenía a mi alcance medios para resolverlas. El psicoanalista se centra mucho en el lenguaje y mi formación me permitió comprender que la historia del tesoro escondido en los cimientos de un castillo había que tomarla como una metáfora. En francés, y supongo que en español es similar, hay muchas palabras con dobles sentidos: uno literal y otro figurado o metafórico. Por ejemplo, la palabra «trésor» (tesoro) designa, por supuesto joyas y piedras preciosas, pero también puede referirse a alguien precioso: muchas madres llamar a sus hijos «mon trésor» (mi tesoro) o «mon bijou» (mi alhaja). Así que el tesoro puede también ser un hijo. Del mismo modo, la palabra «fondation» (cimientos) designa tanto las bases sobre las que se construye una casa, como también una genealogía: se dice «fonder une famille» o «fonder une dynastie» (fundar una familia o fundar una dinastía). Los sentidos metafóricos de ambas palabras nos conducen a una historia de filiación.

Pero veamos rápidamente cómo nos cuenta Hergé esta historia. En primer lugar, observamos que entre el capitán Haddock y su ancestro no sólo hay un parecido físico asombroso, sino que ambos lanzan juramentos del mismo tipo. Más que su ancestro, en ocasiones parece como si el caballero se hubiera reencarnado en el capitán Haddock, una reencarnación para obtener una reparación, ya que el caballero habría sido víctima de un grave perjuicio. Los dos álbumes centrales en este caso son El secreto del unicornio y El tesoro de Rackham el Rojo, aunque otros dos álbumes cumplen un papel fundamental: El templo del sol y Tintín en el Tíbet ponen de algún modo en escena la reparación del drama planteado en El secreto del unicornio y El tesoro... Lo que me puso sobre la pista del drama fue un texto . Se trata del pergamino por el cual el rey Luis XIV dona el castillo de Moulinsart al caballero de Hadoque, y que reza así: «Luis xiv por la gracia de Dios, queriendo recompensar los grandes méritos de nuestro querido y bienamado Francisco, caballero de Hadoque […]. En Versalles, el 4 de julio del año 1684, el 41º de nuestro reino». Desde luego, la expresión «querido y bienamado Francisco» remite a algo distinto de una mera relación de subordinación jerárquica; expresa un vínculo afectuoso, una proximidad entre el rey y el caballero. Pero, ¿cuál? ¿Sería el caballero un hermano bastardo no reconocido por el rey? Las fechas imaginadas por Hergé hacen más plausible que el «querido y bienamado Francisco, caballero de Hadoque», fuera un hijo no reconocido de Luis XIV.

A principios de los ochenta llegué, pues, a la conclusión de que Las aventuras de Tintín encerraba la historia de un hijo nacido de pariente ilustre, pero no reconocido por su padre. Esta idea planteaba, no obstante, un problema: si la figura del padre secreto es tan importante en Las aventuras de Tintín, ¿por qué no aparece jamás? En realidad, aunque se trate de un cómic, no tiene por qué aparecer necesariamente de forma visual, así que imaginé que podría buscarlo en las palabras y, más precisamente, en los nombres propios.


La mayor parte de los nombres propios que aparecen en Tintín contienen los sonidos k, a y r, empezando por el de la Castafiore. En La isla negra tenemos al gorila Ranko; en El loto azul, el enemigo jurado de Tintín se llama Rastapopoulos, y el veneno que vuelve loco se llama «radjaïdjah». En La oreja rota están el general Alcázar, el escultor Baltasar y Ramón Zárate, que intenta matar a Tintín; en El cetro de Ottokar tenemos, por supuesto, a Ottokar. En El cangrejo de las pinzas de oro se descubre que el capitán Haddock tiene un barco llamado Karaboudjan, que navega a lo largo y ancho de la costa de Marruecos. Tenemos también a Rackham el Rojo, además del castillo de Moulinsart, o la momia de Rascar Capac en Las siete bolas de cristal. En los últimos álbumes aparece el sherpa Tharkey de Tintín en el Tibet o el multimillonario Carreras en Vuelo 714 para Sidney y en Tintín y los Pícaros. Y existen muchos otros, entre ellos, el nombre de pila del capitán Haddock, Archibald, que puede pronunciarse «Arkibald».


En definitiva, los fonemas k, a y r son omnipresentes en los nombres propios. La primera idea que se me vino a la cabeza fue que remitían a Carlomagno, cuyo sello llevaba estas tres letras, y del cual es muy probable que Hergé oyera mucho hablar en la escuela primaria. Pero las cosas se ponen aún más interesantes cuando el propio Hergé, en El cetro de Ottokar, en el folleto turístico del Reino del Pelícano Negro, confirma la idea de que las tres letras k, a y r quieren decir «rey». En efecto, explica que el nombre del primer rey de Sildavia se creó a partir de la palabra «Mus», que quiere decir «grande» y de «kar» que quiere decir «rey». Dicho de otro modo, Hergé ha incluido reyes en todas las aventuras bajo la forma de estas tres letras, que ha utilizado aquí y allá, probablemente sin darse cuenta, en los nombres propios de los personajes.
 

 

Hasta aquí había llegado en 1982: el secreto que recorre Las aventuras de Tintín era un secreto de filiación; el sufrimiento del capitán Haddock era el mismo de su antepasado caballero, el haber nacido de padre desconocido. En octubre de 1982 envié a Hergé el artículo que había escrito. Hergé estaba mayor y muy enfermo, pero me hizo llegar una respuesta a través de su secretaria: «¡Me enseña usted mucho sobre el creador del personaje de Haddock!». Esto me animó a continuar, yTintin chez le psychanalyste se publicó en 1985. 


En aquel momento yo pensaba que las cosas quedarían ahí, pero dos periodistas belgas, Smolderen y Sterckx, tuvieron acceso a ciertos archivos y descubrieron que el padre de Hergé no tenía padre conocido: la abuela de Hergé, Marie Dewigne, era sirvienta en un castillo y concibió dos gemelos de padre desconocido, el padre y el tío de Hergé, que recibieron en su infancia una educación muy especial. Marie Dewigne servía en el castillo de la baronesa de Dudzeele que los crió como a sus propios hijos. Les ofreció estudios hasta los catorce años, les compraba cada año ropa nueva (a los dos igual, por supuesto, como se hacía entonces con los gemelos). El padre y el tío de Hergé, hijos bastardos, recibiendo regalos y ropa de nobles cada año, debían ser blanco de burlas en la escuela. En esta historia de filiación, hay para empezar dos personajes femeninos enigmáticos: la abuela de Hergé, que nunca dijo quién era el progenitor de sus hijos, y la famosa baronesa de Dudzeele, que también guardó el secreto.

Veamos qué rastro de esto ha quedado en Las aventuras de Tintín: el padre y el tío de Hergé son el modelo de los gemelos Dupond y Dupont (Hernández y Fernández). Por Smolderen y Sterckx, sabemos que Hergé hablaba a veces de su infancia. Decía que, cuando era pequeño, se le daban dos versiones muy distintas sobre su abuelo. A veces le decían «¿Tu abuelo?, no te podemos decir quién era. Se te subiría a la cabeza». No es difícil suponer que en la mente del niño surgiera la idea de ser el nieto del rey de los belgas. Otras veces le decían «No te decimos quién es tu abuelo, porque era un hombre sin interés que pasaba por aquí». Y en efecto, hubo «un hombre que pasaba por aquí» en la vida del padre de Hergé. Cuando él y su hermano cumplieron once años, la baronesa de Dudzeele pagó un matrimonio de conveniencia entre Marie Dewigne y un obrero electricista que se apellidaba Remi, para que los niños fueran legitimados. Los gemelos dejaron así de apellidarse Dewigne, lo que les marcaba como ilegítimos, y pasaron a llamarse Remi. De ahí que el verdadero nombre de Hergé fuera Georges Remi.Dupont y Dupond son patronímicos diferentes porque tienen dos padres, precisamente como el padre y el tío de Hergé: un progenitor secreto que nunca conocieron y el hombre que les dio un apellido legítimo. A partir de estos descubrimientos de Smolderen y Sterckx seguí releyendo Las aventuras de Tintín con otros ojos.


Lo que animaba a Hergé cuando dibujaba Las aventuras de Tintín era la puesta en escena de los personajes que había imaginado de niño en torno a un secreto del cual no conocemos más que algunos retazos. Al comienzo son personajes caricaturescos, porque son figuras de la infancia, y los niños tienden a caricaturizarlo todo. Estos personajes construidos a partir de fragmentos de confidencias y reflexiones enigmáticas que Hergé oía a su alrededor, fueron evolucionando a medida que Hergé los puso en escena en Las aventuras de Tintín.
Los personajes de Las aventuras de Tintín corresponden a tres generaciones implicadas en el secreto inaugural que pesaba sobre la familia: la generación de las guardianas del secreto (Marie Dewigne y la baronesa de Dudzeele), la generación del padre y del tío de Hergé y, por último, la generación de Hergé, representado por tres personajes perfectamente complementarios: Tintín, Haddock y Tornasol.

 

 

Comencemos por la Castafiore. Es un personaje sorprendente que encarna a la vez a la baronesa de Dudzeele y a Marie Dewigne. De la baronesa tiene su aire de gran dama, de diva, fruto sin duda de la forma en que Hergé, de pequeño, imaginaba a la gran condesa cuando se hablaba de ella. Pero cuando canta, la famosa Castafiore entona siempre la misma aria, la de Margarita en la ópera Fausto de Gounod: «Ah, cómo me río al verme tan bella en este espejo». Margarita, en la ópera de Gounod, tiene muchas cosas en común con Marie Dewigne. ¿Por qué? Porque es una joven de origen muy modesto que ve un día a un hermoso príncipe, Fausto, del que se enamora perdidamente. Ella está triste, porque piensa que nunca podrá interesar a ese príncipe. Entonces, el diablo pasa por allí y pone en el jardín de Margarita un cofre con joyas. Margarita lo encuentra, abre el cofre y se pone las joyas. Después se mira en el espejo, lo interroga, y le hace decir que está verdaderamente irreconocible, que ya no es una pobre sirvienta ni una camarera, sino que está bella como una princesa y es capaz interesar al hermoso desconocido, el príncipe encantado. En efecto, en la obra de Gounod, Margarita seduce a Fausto y queda encinta pero, abandonada por él, muere. Así, el destino de la Margarita de Gounod se acerca al de la abuela de Hergé, que murió muy joven, llevándose su secreto a la tumba.

Comprenderán ahora por qué no hay otras mujeres en Las aventuras de Tintín: las figuras femeninas atormentaban a Hergé. No se trata de misoginia, sino de la obra de un creador que trabaja con los enigmas de su propia infancia. Por otro lado, la prueba de quela Castafiore es la guardiana del secreto, es que nunca llama a Haddock por su verdadero nombre, sino siempre por otros similares: Karkpock, Barbock, Darpiock, Marpock, etc. Hergé dijo en varias ocasiones que Haddock era el personaje que lo representaba a él, y de ahí que la Castafiore no pueda nunca darle su patronímico. Es su manera de lamentarse de que ni Marie Dewigne ni la baronesa de Dudzeele dijeran nunca el nombre de su abuelo paterno. La Castafiore es también un personaje que habla constantemente para no decir nada, lo cual tiene que ver con el hecho de que no dice nunca lo que piensa o sabe: siempre responde algo distinto de lo que se le pregunta, como posiblemente hacía la familia de Hergé.
 

 

La segunda generación del secreto la constituyen el padre y el tío de Hergé, Dupont y Dupond. Como ya he comentado, el padre y el tío de Hergé debieron tener problemas con la ropa, vestidos que la baronesa les ofrecía cada año y que probablemente estaban completamente fuera de lugar para la clase social a la que pertenecían como hijos de una pobre camarera. Dupont y Dupond se topan una y otra vez con este problema de indumentaria. Son el hazmerreír de los chinos en El loto azul, como probablemente lo fueron el padre y el tío de Hergé ante sus camaradas cuando lucían traje nuevo. También confunden a menudo trajes folclóricos con trajes corrientes. 



Además, tienen problemas con los símbolos. Por ejemplo, en Objetivo: la luna, ven un esqueleto detrás de un panel de rayos X y quieren arrestarlo, porque confunden la realidad y la imagen. Hay muchas circunstancias en las que toman la situación al pie de la letra. Por ejemplo, en El templo del sol, Tintín y Haddock se encuentran en la cima de una montaña porque son prisioneros del Gran Inca, y Dupont y Dupond los buscan en la Torre Eiffel, porque su reloj indica que están en un lugar muy elevado. O bien los buscan junto a los coches de choque, porque el reloj indica que Haddock está en un lugar donde está siendo muy sacudido. Cuando el reloj indica que Haddock está muy bajo (está muy deprimido porque va a ser ejecutado), Du-pondt y Dupond descienden a una mina porque para ellos, estar muy bajo significa estar bajo tierra. Los gemelos no comprenden en absoluto la distinción entre una significación literal y una significación figurada. Toman todo al pie de la letra y actúan en consecuencia. Recuerden que tomando las palabras «tesoro» y «cimientos» en un sentido figurado, y no literal, comprendimos la naturaleza del secreto del caballero de Hadoque.


Por lo demás, la actitud de Dupont y Dupond es interesante también por otra razón. A menudo se ha dicho que Las aventuras de Tintín constituyen una obra moral que los padres gustan de ofrecer a sus hijos. Sin embargo, los únicos representantes de la ley en esta obra, Dupont y Dupond, son siempre ridículos; Las aventuras de Tintín siempre ridiculizan las figuras de autoridad. Y por supuesto, los niños adoran eso. Cuando se conoce mejor la historia de la familia de Hergé, uno se da cuenta de que hay algo triste en ese ridículo: el padre y el tío de Hergé siempre estuvieron algo perdidos y deprimidos por no conocer el nombre de su progenitor, y siempre cultivaron su parecido, como Dupont y Dupond.


Aun así, el comportamiento de Dupont y Dupond sigue siendo a veces enigmático. Pienso, por ejemplo, en la viñeta de las últimas páginas de El templo del sol, donde el Gran Inca aprieta el ojo de una estatua para abrir la puerta de sus tesoros a Tintín, Haddock y Tornasol. La viñeta siguiente muestra a Dupont y Dupond tiritando de frío en el Polo Norte en compañía de dos pingüinos, algo cuyo significado se me escapa por completo. Así pues, incluso siguiendo el hilo que yo propongo, faltan muchas cosas aún por comprender en Las aventuras de Tintín, aunque, por supuesto, hay otros hilos de los que tirar.


Llegamos ya a la tercera generación del secreto, la del propio Hergé, que pone en escena tres personajes que representan tres facetas de sí mismo: Tintín, Haddock y Tornasol. Tintín es el que logra lo que Dupont y Dupond no consiguen: resolver enigmas. Pasa del sentido literal al figurado y del figurado al literal. En El secreto del unicornio, por ejemplo, hieren a un hombre desde un coche. Tintín le pregunta el nombre de su agresor y el hombre señala unos pajarillos. De ahí Tintín deduce que los criminales se llaman Loiseau (en francés, «el pájaro» se dice «l’oiseau»). Tintín es también capaz de hacer la operación inversa: pasar de una palabra a una situación. Por ejemplo, al final de Las joyas de la Castafiore, cuando lee en un periódico que la Castafiore triunfa en Milán en la ópera La gazza ladra (La urraca ladrona), comprende al fin que fue una urraca la que robó las joyas de la Castafiore, pasando de la formulación del lenguaje a la significación de la situación, algo que Dupont y Dupond serían incapaces de hacer.

Hay otro ejemplo aún más extraño. En La oreja rota, Tintín toma nota de la matrícula de un coche. Lo busca, pero no encuentra más que una vieja tartana que no se corresponde con el vehículo que ha visto. Entonces comprende que los bandidos han dado la vuelta a la placa. Tintín había anotado el número l60 89 l. Entonces da la vuelta a su cuaderno, donde había escrito el número, lo coloca ante Milú y dice, «Ya está, ahora lo entiendo. Sólo hay que darle la vuelta». Si tomamos estas cifras, l 6 8 0 9 l, veremos que son las fechas del nacimiento y de la muerte de Marie Dewigne, la abuela de Hergé, nacida en 1868 y fallecida en 1901. Luego la elección de las cifras no fue al azar. ¿Era consciente Hergé del significado de estos números? No lo creo. Freud decía que pidiendo a cualquiera una lista de números al azar, se podría descubrir que corresponden a acontecimientos importantes para ésa persona. Así, Hergé tomó al azar una serie de números que permitieran jugar con su reversibilidad y dio con las fechas de nacimiento y muerte de su abuela.

 

 

Pero Hergé no es siempre Tintín, el descrifrador de enigmas; a veces es el capitán Haddock. Hergé bebía y pasaba por crisis depresivas graves. Cuando entra en escena el capitán Haddock, aparece como un alcohólico deprimido y colérico. En El cangrejo de las pinzas de oro, por poco mata a Tintín dos veces. Es una imagen que conmociona terriblemente a los niños, pues un personaje fuera de sí intenta estrangular a otro. Haddock encarna la cara oscura de Hergé, algo que Hergé nunca escondió (declaró «Haddock soy yo con mis debilidades»). Pero Haddock evoluciona a partir del momento en que puede recuperar el castillo de Moulinsart, que perteneció a su ancestro el caballero. Ahora bien, sobre la puerta del castillo, como muestra una viñeta de Las joyas de la Castafiore, hay un delfín coronado, una forma gráfica de reconocimiento de la filiación regia imaginaria, ya que en la mente del pequeño Hergé su abuelo era el rey. Haddock representa pues a Hergé en su faceta sombría, pero también en su faceta gloriosa. Se sueña como descendiente de un noble, incluso del rey de los belgas de la época.

El tercer personaje que encarna a Hergé es Tornasol, un individuo despistado que fabrica inventos algo locos que no sirven para nada. Uno de ellos arranca la ropa a Haddock y otro amenaza con noquear a Dupont y Dupond. Es un personaje ostracista que no quiere saber nada del mundo, y cuando se le propone levar anclas para partir a la luna en Objetivo: la luna, rechaza la invitación. Tornasol representa la tentación de esconderse del propio Hergé, un hombre que con frecuencia se enfrascaba en su trabajo y estaba poco atento a los desafíos del mundo. Como ya he comentado, se contentaba con reflejar lo que oía a su alrededor –algo que se le ha reprochado a menudo–, sin desarrollar un espíritu crítico frente a la atmósfera en la que vivía. Durante jornadas enteras de trabajo en solitario en su taller, ponía sobre papel lo que oía y veía. Es común que un niño que crece en una familia con un secreto, como es el caso de Hergé, tienda a replegarse sobre sí mismo y a consagrarse a tareas de interés general que no tengan nada que ver con su familia, como la investigación científica o histórica, siempre apartada de su familia.

Tornasol es un personaje que adora a la Castafiore, otro aspecto propio de Hergé, por supuesto. En Tintín y los Pícaros, Haddock también reconoce su afecto por la Castafiore, cuando decide arrancarla de las garras del dictador en cuya morada se encuentra presa.
Éste es, pues, el hilo conductor que me ha permitido leer de otra forma Las aventuras de Tintín, el secreto familiar que atormentó la infancia de Hergé y que se encuentra en muchos otros álbumes, incluso en Las aventuras de Jo, Zette y Jocko. Pero, ¿quién era el famoso abuelo que Hergé, siendo niño, imaginó que sería el rey de los belgas de la época? Pues en efecto, parece probable que ese abuelo fuera el mismísimo Leopoldo II. Se sabe que Leopoldo II era un rey que tenía debilidad por el sexo, en especial con las sirvientas. Viajaba de un castillo a otro en la Bélgica de finales del siglo XIX, y en cada uno de esos castillos los nobles tenían el encargo de proporcionarle sirvientas para que tuvieran encuentros sexuales con él. No es, pues, descabellado suponer que Marie De-wigne quedara embarazada del Rey. Además, si el progenitor no hubiera sido Leopoldo II, ¿por qué iba la baronesa de Dudzeele a criar al padre y al tío de Hergé como a nobles?

Hergé murió en 1983. Tuve la ocasión de compartir mis conclusiones con él, ya que le escribí, pero jamás intenté encontrarme con él en persona. Quienes le conocieron decían siempre que era un tipo formidable, capaz de conquistarte en el primer encuentro. Por eso mismo me convencí de que, si veía a Hergé, no iba a poder seguir pensando. Cuando uno quiere trabajar sobre una obra, no es bueno reunirse con su autor. ¿Por qué? Porque contrariamente a lo que se piensa a veces, el autor y su obra son dos cosas totalmente diferentes. El autor no nos enseña nada sobre su obra, y la obra no nos enseña nada sobre su autor. Lo que un autor pone en su obra es todo lo que no pone en su vida. Hergé no era en absoluto como cabe suponer a partir de su obra: leyéndola, se tiene la impresión de que no le gustaban las mujeres, pero lo cierto es que las adoraba. Lo que aparece en Las aventuras de Tintínson las ensoñaciones que había tenido con cinco o seis años, y con las que intentaba entender el secreto de su familia. Construyó así una obra que no tenía que ver con su vida de adulto y, en buena parte, lo hizo sin darse cuenta. Evidentemente, sabía que Dupont y Dupond representaban a su padre y a su tío, pero hay otros muchos elementos –como la aparición de la fecha de nacimiento y muerte de su abuela Marie Dewigne en una matrícula de coche, o la presencia de las letras k, a, r en la mayoría de los nombres propios– de los que posiblemente no se dio cuenta. Si hubiera sido consciente de ello, probablemente lo habría evitado. En definitiva, me convencí de que para trabajar sobre una obra era preferible no conocer en persona a su autor, especialmente cuando se trata de una obra que está en clave sin saberlo su autor.

Articulo aparecido en Minerva de S. Tisseron en Circulo de Bellas Artes de Madrid durante las jornadas "Trazos de Tintin"

 

El árbol genealógico y su atmósfera.

 

Examinar la dificultades de una persona era entrar en la atmósfera psicológica de su medio familiar. 

Comprendí que estábamos marcados por el universo psicomental de los nuestros. Por sus cualidades pero también por sus ideas locas, sus sentimientos negativos, sus deseos inhibidos, sus actos destructivos. El padre y la madre proyectaban sobre el bebé esperado todos sus fantasmas. Querían verlo realizar lo que ellos no pudieron vivir o lograr. Así asumimos una personalidad que no era la nuestra, sino que provenía de uno o varios miembros de nuestro entorno afectivo. Nacer en una familia era, por decirlo así, estar poseído.

 

La gestación de un ser humano casi nunca se realiza en forma sana. Influyen en el feto las enfermedades y neurosis parentales. Al cabo de cierto tiempo, con sólo mirar moverse y oír unas cuantas frases de mi consultante podía deducir en que forma había sido dado a luz.( si se sentía obligado a hacer todo rápido, había sido parido en escasos minutos, como con urgencia. Si frente a un problema esperaba hasta el último momento para resolverlo mediante una ayuda exterior, había nacido por fórceps. Si le costaba tomar decisiones, había nacido por cesárea, etc.)

 

Comprendí que la manera en que nos paren, muchas veces no la correcta, nos desvía de nosotros mismos una vida entera. Y estos malos partos dependen de los líos emocionales de nuestros padres con nuestros abuelos. El daño se transmite de generación en generación: el embrujado se convierte en embrujador, proyectando sobre sus hijos lo que fue proyectado sobre él, a no ser que una toma de consciencia logre romper el círculo vicioso. no hay que temer hundirse profundamente en uno mismo para enfrentar la parte del ser mal constituido, el horro de la no realización, haciendo saltar el obstaculo genealógico que se levanta ante nosotros como una barrera y que se opone al flujo y reflujo de la vida.

 

En esta barrera encontramos los amargos sedimientos psicológicos de nuestro padre y de nuestra madre, de nuestros abuelos y bisabuelos. Tenemos que aprender a desidentificarnos del árbol y comprender que no está en el pasado: por el contrario, vive, presente en el interior de cada uno de nosotros. Cada vez que tenemos un problema que nos parece individual, toda la familia está concernida. En el momento en que nos hacemos conscientes, de una manera o de otra la familia comienza a evoluciona. No sólo los vivos, también los muertos. El pasado no es inamovible. Cambia según nuestro punto de vista.

 

Ancestros a quienes consideramos odiosamente culpables, al mutar nuestra mentalidad, los comprendemos en forma diferente. Después de perdonarlos debemos honrarlos, es decir, conocerlos, analizarlos, disolverlos, rehacerlos, agradecerles, amarlos, para finalmente ver el "buda" en cada uno de ellos. Todo aquello que espiritualmente hemos realizado podría haberlos hecho cada uno de nuestros parientes. La responsabilidad es inmensa. Cualquier caída arrastra a toda la familia, incluyendo a los niños que están por venir, durante tres o cuatro generaciones.

 

Los pequeños no perciben el tiempo como los adultos. Lo que para los grandes se desarrolla en un ahora, ellos los viven como se hubiera durado meses y los marca para toda la vida. Los abusos padecidos durante la infancia, una vez vualtos adultos, tenemos tendencia a reproducirlos sobre otros, o bien, sobre nosotros mismos. Si ayer me torturaron hoy no ceso de torturarme, convertido en mi propio verdugo.

 

Se habla mucho de los abusos sexuales que sufre la infancia, pero se pasan por alto los abusos intelectuales- embutir en la mente del niño ideas locas, prejuicios perversos, racismos, etc-, los abusos emocionales- privación de amor, desprecios, sarcasmos, agresiones verbales-, los abusos materiales- falta de espacio, cambios abusivos de territorio, abandono vestimentario, errores en la alimentación, etc-, los abusos del ser- no nos dieron la posibilidad de desarrollar nuestra verdadera personalidad, establecieron planes en función de su propia historia familiar, nos crearon un destino ajeno, no vieron quiénes éramos, nos convirtieron en espejo de ellos, quisieron que fuéramos otro, esperaban un hombre y nacimos mujer o viceversa, no nos dejaron ver todo lo que queríamos, no nos dejaron escuchar ciertas cosas, no nos dejaron expresarnos, nos dieron una educación que consistía en la implantación de límites-.

 

En cuanto al abuso sexual, la lista es larga. Tan larga como la lista de culpabilizaciones: "Me casé obligado porque tu madre estaba encinta de ti, has sido una carga para nosotros, por tu causa dejé mi carrera, quieres irte a vivir tu vida como una egoísta, nos has traicionado, n fuiste lo que nosotros queríamos que fueras, te permites sobrepasarnos y realizar lo que nosotros no pudimos". La historia familiar está plagada de relaciones incestuosas, reprimidas o no; de núcleos homosexuales, de sadomasoquismo, de narcisismo, de neurosris sociales que, como un legado, se reproducen de generación en generación.

 

Extracto del libro "La danza de la realidad" de Alejandro Jodorowsky

 

Entrevista: " La Psicogenealogía"

Ancelin Schutzenberg

 

 

Entre las cuestiones que dejan en herencia los antepasados no están solamente la sangre, el apellido, los bienes o los parecidos físicos. También nos entregan sus conflictos, a menudo irresueltos, y los dejan sin querer en manos de sus descendientes, nosotros, que tampoco sabemos bien qué hacer con ellos.

 

Así, pueden repetirse durante varias generaciones enfermedades, situaciones trágicas, relaciones difíciles o muertes prematuras en una misma familia, sin que se advierta su conexión. Es que buena parte de los dramas familiares radica en lo no dicho, en los secretos que se pretende ocultar y que siempre, por una u otra ranura, escaparán.

 

Anne Ancelin Schützenberg, psicoanalista francesa, terapeuta de grupos y profesora emérita de la Universidad de Niza, es una reconocida especialista internacional en el tema, y recientemente nos visitó.

 

-¿Hay familias o casos en que es más útil su forma de trabajo?

 

-(Piensa y demora en responder.) Es más útil cuando hay repeticiones históricas en una familia.

 

-¿Pero cómo se conocen las repeticiones si uno de los problemas es que las familias guardan secretos?

 

-A veces la gente siente que hay "algo" ahí que no está del todo claro.

 

-¿Entonces?

 

-Entonces busca. Por ejemplo, me tocó ver a una joven que tenía una hermana melliza. Después de la muerte de su madre, esta muchacha se enfermó mucho. El médico de su madre le dijo que estudiara un poco qué había pasado en el momento de su nacimiento. 

 

La joven buscó, investigó y descubrió que eran dos niñas adoptadas, que no eran mellizas aunque se las vestía como si lo hubieran sido. Sufrió mucho, pero estuvo mejor desde que supo la verdad. Hizo una psicoterapia y se restableció.

 

-En tanto el hijo adoptado no conoce su historia familiar biológica, ¿no sufre un daño aunque sea amado y se le diga la verdad? ¿Desaconseja la adopción?

-No, no la desaconsejo. Los chicos están mucho mejor en una casa adoptiva que en un orfelinato. Muchos hijos adoptados sufren por haber sido o sentirse rechazados por sus padres biológicos. Pero lo más traumatizante no es nunca la adopción, sino el secreto.

 

-Usted trabaja con un genosociograma, un árbol genealógico donde incluye varias generaciones, consignando nombres, parentescos, profesiones... ¿Lo construye a partir de lo que el paciente dice?

-

El paciente lo hace de memoria y se verifica después. A veces la persona dice: Nací tal día... No, me equivoqué, nací otro día, y en ese caso la fecha supuestamente falsa es tan importante como la fecha verdadera.

 

-¿Cree que existe un alma familiar transgeneracional a través de la que viajan ciertos conflictos?

 

-No. Personalmente creo en el alma, pero pienso que el alma es individual. Pienso como Freud, que lo que no conocemos es como un iceberg: las dos terceras partes están bajo el agua, y eso es lo que nos está gobernando.

 

-¿Entonces cree en un inconsciente familiar o colectivo?

 

-Freud descubrió el inconsciente individual, Jung el inconsciente colectivo, Moreno el inconsciente familiar y ahora hablamos de un inconsciente familiar transgeneracional.

 

-Usted relata casos de personas que enferman a la misma edad en que enfermó o murió un familiar muy cercano con frecuencia trágicamente y que de esa manera se establecen lealtades invisibles entre ellos. Si se advierten esas coincidencias, ¿la persona se cura?

 

-Hay un efecto sorpresa, de catarsis o de shock. Y a veces la persona se cura, aunque lo importante es que la sanación permanezca.

 

-¿Y cómo se logra?

 

-Para que los cambios perduren es necesario que se inscriban en el inconsciente y en el cuerpo, en el sistema biológico. Y esto lleva tiempo.

 

-¿Hay gente en la Argentina formada con su estilo de trabajo?

 

-No. Hay psicoanalistas y psicodramatistas que están empezando a trabajar sobre repeticiones familiares.

 

-¿Siempre se logra catarsis?

 

-No siempre. Hay un fin simbólico que se le da a la historia. Por ejemplo, hice una demostración en Alemania con una mujer que no tenía hijos, aunque ella y su marido eran fértiles.

 

Le pedí que hiciera el árbol genealógico. Le pregunté cuál era la profesión del padre. Era militar. La profesión del abuelo, militar y la misma del bisabuelo. Y me dijo: No busque más. Es una familia de prusianos; son militares desde la época de las Cruzadas. Le pregunto si habían participado en las Cruzadas, me dice que sí.

 

Yo utilizo mi inconsciente cuando trabajo, no para decir lo que siento sino para utilizar lo que estoy sintiendo. Entonces me pasa por la cabeza un libro que se llama "Las Cruzadas vistas por los musulmanes", escrito por un musulmán, y le digo que en este libro cuentan que los cruzados tomaban a los chicos musulmanes por los pies y les rompían la cabeza contra los muros.

 

Cuando le digo esto, la señora empieza a gritar. Grita y llora, y le digo: Deje salir la emoción . Después yo murmuro "pobres chicos", y ella dice "sí, pobres chicos." "Estos chicos deberían estar en paz", agrego, y ella asiente. Entonces pregunto qué podríamos hacer, y dice que habría que cantar una canción de cuna en árabe. Era difícil porque estábamos en Alemania, en un congreso de europeos. Creo en mi propia suerte. Pregunté en la sala si alguien conocía una canción de cuna árabe y alguien dijo "soy partera, de Yemen", entonces cantó una canción de cuna árabe. La mujer se calmó. Después de eso su vida cambió positivamente.

 

-¿Cree en la reencarnación?

 

-Tuve una conversación muy interesante con el Dalai Lama. El me preguntó qué pensaba de la reencarnación, y le respondí que no puedo ver a mi abuelo como una vaca sagrada. Es respetable, pero no es mi cultura. Lo que veo es que se repiten cosas de la propia familia y que cuando se busca se encuentran las repeticiones. A veces hace falta tiempo, a veces es imposible. Y otras veces se encuentra, y mucho.

Alberto Arenales

PSIQUE & CONSCIENCIA    ·   SESIONES TERAPEUTICAS

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