Violencia del Alma.
Colección de ensayos, volumen I.  Wolfgang Giegerich.

Prólogo

 

¡No hay verdadero pensamiento que no deje ver al mismo tiempo cómo hace camino!(1) les decía Laplanche a sus estudiantes de psicoanálisis en sus ya famosos cursos impartidos en el collège francés. Y precisamente eso mismo encontramos en el pensamiento de Wolfgang Giegerich, una reflexión verdaderamente psicológica que va demorándose cuidadosamente en cada paso para desplegar una exposición que resulta tan lúcida, precisa y rigurosa que las ideas que habitan en su pensamiento se ofrecen como una mano abierta dispuesta a recorrer con nosotros su camino y a reflexionar con él. Tomémosla inmediatamente y empecemos.

 

Si nos detenemos, antes que nada, a prestar atención al título de este libro, Violencia del Alma, nos daremos cuenta que en su misma enunciación yacen agazapadas en su interior las ideas claves que distinguen el pensamiento de Wolfgang Giegerich. Lo primero que salta a la vista si nos fijamos en ello, es que el término violencia alude inequívocamente al alma. Aquí es el alma, y no el ser humano empírico y concreto, el que se advierte como agente actuante. Esto podría parecernos insólito pero Violencia del Alma es un título que ya presenta dentro de sí el acento singular de una perspectiva psicológica comprometida con la noción de psique objetiva.

 

Una de las mayores contribuciones de C.G. Jung fue insistir en una psicología con alma. Para Jung el alma era una realidad viviente y concreta. Al poner el alma en el centro de su visión y reflexión psicológica advierte que ésta pide ser escuchada en sus propios términos, no en los nuestros. El alma es autónoma. “...hay cosas de la psique que no provienen del yo, sino que se producen por sí mismas, tienen una vida propia.(2) escribió Jung acerca de la realidad del alma.

Wolfgang Giegerich retoma y profundiza esta idea intuida por Jung y mediante un atento y cuidadoso análisis la despliega en toda su complejidad, precisando que el alma no puede ser apercibida ni atendida adecuadamente si permanecemos en el mismo estilo de consciencia con el que habitualmente manejamos los asuntos ordinarios de la realidad. Hacer psicología requiere adquirir un punto de vista verdaderamente psicológico sobre las cosas. No se accede a la realidad del alma mediante el entendimiento cotidiano del sentido común o la aséptica racionalidad de la ciencia empírica. El alma, precisa Giegerich, no es una parte o un componente del ser humano, no es algo dentro de nosotros ni una propiedad o cualidad nuestra. No hay tampoco un lugar místico llamado alma ni existe dentro nuestro como un factor biológico llamado psique. La actividad anímica es un proceso auto-suficiente, es el movimiento interior, viviente e implícito en cada fenómeno que se presenta.

Ya sea un sueño, un síntoma, un mito, una neurosis o bien una poesía tienen dentro de sí algo que decir, por sí mismos. Siguen una lógica interna propia, son expresión de sí mismos y reflejan su inherente interioridad, su alma. Ésta habla acerca de sí misma, no acerca de nosotros ni acerca de nuestras ideas y sentimientos. El verdadero sujeto de la vida psicológica no es el individuo sino el logos viviente en cada fenómeno. La vida lógica del alma (3), es la bella expresión que utiliza Wolfgang Giegerich para referirse a sus procesos y dinámicas.

Abriéndonos a una comprensión completamente nueva y sorprendente de la vida lógica de ciertos fenómenos, también en Violencia del Alma se deja entrever la profundidad y el alcance de la diferencia psicológica, la otra idea fundamental que vertebra el pensamiento de Wolfgang Giegerich que, de forma muy sucinta, resumiremos como el horizonte de comprensión necesario para poder diferenciar entre ver un fenómeno “desde el punto de vista del ego” y ver el mismo fenómeno “desde el punto de vista del alma”.

De hecho, otra cosa que debe llamarnos la atención del título Violencia del Alma es que rompe la idea firmemente consolidada de que el alma, como realidad psicológica, es agradable y dulce, además de moralmente buena, bella y verdadera (no en el sentido filosófico, sino en la expresión coloquial y personalista de tener buenas intenciones, deseos o voluntad), hecho que refleja cómo se proyecta en el alma una imagen narcisísticamente distorsionada. Y en especial en determinados contextos psicológicos donde se privilegia una visión del alma tan sólo de cualidades positivas y benéficas, incluso filantrópicas, cuando no ya directamente investida de cierta aura “espiritual” dotada además de propiedades terapéuticas y sanadoras. El título Violencia del Alma, deshace esta percepción idealizante, inocente y edulcorada con la que a lo largo de la historia se ha querido proyectar en esta noción los más altos principios, anhelos y aspiraciones humanas.

Hasta tal punto está arraigada esta imagen de que en el fondo el alma humana es por naturaleza bondadosa que cuando se cometen actos violentos, los seres humanos tratamos a menudo de desentendernos de ellos y con tal de no asumir la autoría, terminamos por convencernos de que la violencia, de hecho, no forma parte de nuestra más íntima realidad anímica. En la antigüedad por ejemplo, la voluntad de los mortales se sometía al influjo de divinidades sagradas y como nos cuenta Eurípides en su tragedia, poseídas por Dionisos, las Bacantes (4) se entregaban a despedazar vivos atrozmente tanto animales como seres humanos. Y si en el medievo, cometer actos violentos condenaba el alma a penar en el purgatorio un tiempo, era precisamente para restaurar su originaria inocencia, pues a fin de cuentas resultaban ser fuerzas demoníacas las verdaderas culpables e instigadoras de desviaciones tan perniciosas. Los pecados, eran al fin y al cabo eso, desviaciones de la carne, esa morada favorita del Diablo y nunca del alma, ésta se mantenía en esencia siempre pura, inocente y beata. Si todavía resonaba en el cristianismo el viejo adagio — sôma sêma — platónico, que reducía el cuerpo a ser nada más que la prisión corruptible de las más elevadas aspiraciones del alma, encontramos muy parecida la idea de la reencarnación en Oriente. Según esta, la ley del karma obliga a pagar la deuda de las malas acciones humanas y es necesario alcanzar cierto estado transcendente. Una vez logrado, libre ya de todo deseo, sufrimiento y conciencia individual parece establecerse una suerte de continuidad de "mente muy sutil"(5) que no cesa nunca y que de vida en vida transmigra límpida y luminosa.

 

Ciertamente los neoplatónicos fueron muchísimo más lejos e imaginaron que la belleza del cuerpo manifiesta palpablemente la misma belleza del alma, incluso llegaron a considerar que existía un orden cósmico con el que el alma individual armonizaba con la universal, el Anima Mundi. El Alma del Mundo encarnaba la resplandeciente conciencia que aguardaba al hombre en su evolución espiritual. Esta idea, tuvo una influencia tan poderosa que contagió incluso la visión cristiana de San Agustín (6), que sostuvo que tanto el cuerpo como el alma eran igualmente buenos, ni siquiera el pecado original introducía una maldad, sino un desorden global tanto en el cuerpo como en las facultades del alma. En consecuencia, se convirtió en deber del hombre restaurar de nuevo la armonía y el equilibrio mediante el dominio recto del pensamiento y de la voluntad. La violencia, reducida entonces a una especie de “trastorno del comportamiento”, pasó a ser mera contingencia capaz de ser corregida gracias al iluminismo de la razón, y la vieja idea de que el hombre seguía siendo en el fondo un ser inocente y bondadoso cuajó otra vez bajo los nuevos ropajes de la modernidad.

 

Ésta, que saludó con entusiasmo la Revolución Francesa, fascinada por llevar a la práctica la idea de uno de sus padres fundadores, Rosseau, afirmó que “el hombre es bueno por naturaleza(7) y nace en una suerte de primitiva inocencia. El buen salvaje, que era bueno y empático, sentía una inclinación natural hacia la concordia y la paz hasta que la cultura trajo consigo la competencia, la envidia y la agresividad. Sería pues el retorno al “estado de naturaleza” el antídoto que nos libraría por fin de la cruel violencia que los humanos hemos adquirido por culpa del desarrollo cultural. Regresar al paraíso donde juntos morarán de nuevo el lobo y el cordero (...) y un niño los pastoreará (8), será ahora la tarea del citoyen, le poble et la nation que encarnaran a partir de ese momento las facultades y potencias que antaño, el alma lo había sido para la religión. En cuanto a la violencia, con frecuencia se tiende a olvidar que el efecto de implementar tan ilustres ideas fuera la invención de la guillotina seguido del establecimiento del primer régimen totalitario moderno, imponiéndose el terror y el genocidio sistemático de la población. Que la memoria colectiva sobre la historia y el legado de una Revolución presentada como romántica y prístina, goce todavía hoy de muy buena imagen y bello prestigio, debe resultarnos cuando menos curioso.

 

Le debemos a Goethe, en sus Confesiones de una alma bella (9), la reintroducción de esta noción en la historia moderna, si bien es Hegel quien nos entrega una descripción precisa de los caracteres esenciales de esa figura romántica de la consciencia, el alma bella: “Consciencia que (…) para conservar la pureza de su corazón, rehuye todo contacto con la realidad y permanece en la obstinada impotencia de renunciar al propio sí mismo hasta el extremo de su propia abstracción.(10) Es decir, el alma bella se aferra a su íntima pureza y creyendo preservar su inocencia se defiende contra el mundo o contra algo malo dentro de él pero lo único que consigue así, es que la existencia permanezca en un estado de eterna melancolía y viva un continuo sentimiento de ofensa y desvalidez. Nietzsche, siempre más afilado, no dejaría de olfatear una inequívoca voluntad de poder, eso sí reactiva, detrás de esa pretendida inocencia que enmascara una enconada superioridad moral y un perpetuo resentimiento.

 

Poco después Freud, lúcidamente terminó por abrir la caja de Pandora del psicoanálisis volatilizando toda esperanza de aferrarse a esa imagen, heredada del romanticismo, que veía en lo irracional una manifestación de la naturaleza o un puente hacia la fusión universal con lo sublime. El alma, no es la expresión sin filtro ni mediación, ni de puras fuerzas orgánicas, ni cósmicas, ni divinas, sino que sigue una lógica particular. Una lógica atravesada por el discurso, dotada de una gramática precisa engendrada por la palabra, el lenguaje, la cultura. Y no por casualidad, la terrible violencia desatada en la Primera Guerra Mundial, condujo a Freud a adoptar el término pulsión de muerte y que más allá de las controversias suscitadas por esta idea, demuestra que al menos el padre del psicoanálisis tuvo la audacia de tomarse en serio la violencia como expresión del fenómeno anímico.

 

No parece que podamos decir lo mismo a día de hoy si oteamos el horizonte actual en el campo de la psicología. Ésta en general, parece haber renunciado a tales esfuerzos y abandonado por completo este punto de vista, adoptando de forma mayoritaria dos grandes tendencias. La primera, en líneas generales, considera que la violencia humana es de carácter innato, producto biológico de los instintos más animales y que sobrevive en nuestra especie desde su más remota genealogía zoológica. Según esta perspectiva, la violencia es de origen biológico y lo que le compete en este caso al psicólogo es corregirla mediante el adiestramiento adecuado de las conductas, ya que su naturaleza salvaje podría ser neutralizada reemplazando los ciegos y violentos instintos por el sereno gobierno de la razón. Encontramos una amplia variedad de enfoques orientados en este sentido, incluso entre los más modernos aquellos que sugieren, no ya la reconducción de las conductas violentas, sino directamente abolirlas. Unos recientes estudios afirman haber hallado el “gen de la violencia"(11), al que se le atribuye el desarrollo de conexiones neuronales que predisponen a una conducta agresiva. Según parece, esta se podría suprimir mediante modificación genética en un futuro no muy lejano.

 

La segunda tendencia, a la que se unen cada vez con mayor fuerza corrientes psicológicas de índole muy diversa, se distingue por rechazar la violencia como instinto innato. Afirman que la agresividad no tiene origen biológico alguno, sino que es un fenómeno adquirido en el contexto social. Según esto, no hay razones para suponer que en el ser humano nazcan impulsos destructivos, al contrario, este ha sido siempre por naturaleza más cooperativo que agresivo y la violencia no es más que el fruto del condicionamiento social. En este sentido no han dejado de aflorar teorías muy variadas, entre las más concurridas, la que afirma por ejemplo que en las comunidades primitivas, donde inicialmente los grupos humanos eran muy reducidos, la conducta violenta no hubiese nunca prosperado; fue precisamente más adelante cuando esas sociedades se desarrollaron, que la competición terminó sustituyendo la cooperación desencadenando así terribles conductas violentas. El fenómeno de la violencia por lo tanto sería únicamente un constructo social y dependiendo de las variantes de este enfoque, producto derivado de la lucha de clases, el heteropatriarcado, las estructuras socioeconómicas o el gélido avance del pensamiento racionalista que subyuga y patologiza la psique humana. La homología de estos planteos con aquellos que veían pertinente restaurar las virtudes del buen salvaje parecen pasar desapercibidos también por muchos de sus partidarios.

 

En cualquier caso, si nos fijamos, estos dos enfoques por muy opuestos que nos parezcan a primera vista, comparten en el fondo rasgos muy comunes. En primer lugar, resuelven por igual desplazar los actos violentos fuera de la esfera de los estudios psicológicos. La violencia pasa a ser un fenómeno que atañe estudiarse dentro del campo de la química, la biología, la sociología, la antropología, los estudios de género, la etología, etc... y si la psicología en algún momento toma cartas en el asunto, no debe hacerlo más allá que como sirviente de otra disciplina o ayudante de cámara. Negando que el fenómeno de la violencia forme parte de su área de estudio e investigación, aquí la psicología se deshace del conflicto de la misma manera que el neurótico, para no volver a vérselas con el suyo, termina abandonando sus sesiones psicoterapéuticas.

 

En segundo lugar, se opta en ambos casos por reducir el fenómeno a la categoría de síntoma patológico. Asumiendo esta posición, la violencia se presenta ahora como una conducta desviada y enferma, susceptible claro está de ser puesta bajo tratamiento. Al reducirla a ser sólo síntoma, se convierte ipso facto, en nada más que expresión de un fenómeno derivado cuyo verdadero origen se encontrará, según sea el diagnóstico, o bien en determinado contexto social, la fuerza ciega de los instintos, el poder numinoso de algún arquetipo o, por qué no, en una diminuta hebra de ácido desoxirribonucleico. Sea como sea, la violencia una vez reducida a ser solamente el signo, la señal sintomática de, ahora sí la “verdadera” patología, resulta todo un confortable alivio para la conciencia del psicólogo moderno, que pudiendo apelar a la intrínseca bondad y prístina inocencia de la psique humana, se afana en encontrar aquel chivo expiatorio que más gusto o tirria le provoque.

 

Esta huida ante el pensamiento por parte de la psicología no deja de ser una estrategia defensiva que Wolfgang Giegerich ha señalado en múltiples ocasiones, poniendo al descubierto que la psicología misma piensa de forma neurótica. Se vuelve neurótica al defenderse de su propia patología. En la medida en que sigue proyectando inadvertidamente en los procesos anímicos la imagen idealizada del yo, reproduce la antigua escisión dualista que ve constantemente sus propios demonios fuera de sí para terminar encontrando cada vez más sofisticados chivos expiatorios. Los más destacados en este primer cuarto de siglo XXI parecen ser la tecnología, la globalización, la explotación medioambiental o el capitalismo, a los que se los señala como responsables de una gran parte de los trastornos psicológicos contemporáneos. Así, relegados a fenómenos carentes en sí de dignidad, desalmados, es decir desprovistos de alma, se les juzga como errores, equivocaciones o fallas, cuando no directamente enfermedades que requieren de corrección o tratamiento. Sin advertirlo, se sigue actuando paranóicamente como antaño se perseguían y condenaban a las brujas de Salem a las que ahora se les ponen renovadas y modernas vestiduras.

 

Una psicología que cada vez está más preocupada por satisfacer las demandas del yo, con su aspiración a la armonía y el equilibrio interior (modernos eufemismos que camuflan en realidad el deseo de mantener absolutamente todo bajo control), termina por culpar un fenómeno real o un desarrollo del alma de ser inadecuado, equivocado o patológico por no coincidir con los ideales, ilusiones o expectativas del ego. Así la psicología, trata de evitar tener que sufrir una iniciación y de tomar consciencia de sí misma. Darse cuenta que, psicológicamente, cuando se juzgan ciertos fenómenos como carentes de alma por incómodos, peligrosos o insoportables para el ego, y se levanta una barricada encubiertamente contra ellos, es la psicología la que ejerce una violencia contra la realidad presente.

 

Tal posición, que obviamente es incompatible con una psicología con alma, no avanza a un nivel verdaderamente psicológico a la comprensión que requiere el reconocimiento consciente de que el alma tiene su propia autonomía, que no es el reflejo prístino del ser humano, que el alma no es inofensiva y que el alma puede llegar a ser incluso peligrosa. Y que nuestra tarea como psicólogos requiere la humildad y la valentía de acoger los fenómenos tal como son, tal como se presentan, por terribles y espantosos que nos parezcan, dándoles su dignidad como hechos de pleno derecho y poseedores de una inherente lógica interna. Una lógica que tiene su propia vida y su propio proceso que es completamente ajeno e independiente de las categorías y concepciones que sirven a la lógica del ego, centrada por supuesto en sus ilusiones, expectativas y programas personales.

 

La psicología tiene que ir más allá de esta lógica convencional y alcanzar un punto de vista verdaderamente psicológico. Uno que se abstenga de pretender acomodar siempre la realidad de los fenómenos a sus intereses o su estrecha visión de las cosas. Justamente en este sentido escribió Wolfgang Giegerich que “la psicología no es para cobardes (...) Uno tiene que ser capaz de meterse con ello, donde “ello” aquí se refiere a las verdades implacables provocadas por el movimiento objetivo del alma o contenidas en los fenómenos del alma. Verdades implacables tal como se manifestaron, por ejemplo, en la antigüedad en rituales crueles como los sacrificios humanos o en tiempos más modernos en las rupturas y pérdidas fundamentales provocadas por el progreso científico y tecnológico y el colapso doloroso de nuestros valores y creencias tradicionales. (...) [U]no tiene que mantener firmemente, sin perturbarse, su posición frente a la crueldad del alma, permitiendo que los contenidos dolorosos del alma vuelvan a casa, a uno mismo, que corten la propia carne y transformen y redefinan la consciencia. (...) Profesionalidad: sin piedad ni solidaridad ninguna con el deseo desesperado del ego, con la identificación con el alma bella, de conservar su subjetivismo, su inocencia y su esteticismo.(12)

 

Hacer psicología requiere un cambio fundamental de consciencia. Implica desarrollar cierta visión especial. Una visión psicológica que no es la mirada usual, egoica, superficial, sino más bien un estilo de pensamiento y un punto de vista metodológico capaz de observar cualquier fenómeno desde su interioridad, ingresando en su alma, accediendo dentro de su viviente lógica interna. Ni la percepción ordinaria, ni la imaginación, ni las lógicas que rigen el entendimiento cotidiano resultan suficientemente adecuadas para llegar a captar psicológicamente un fenómeno. Es necesario alcanzar una lógica más sutil, más sofisticada, capaz de percibir ese proceso interior que llamamos la vida lógica del alma.

 

Wolfgang Giegerich nos invita a recorrer ese camino y lo hace entrando sin reservas por territorios desafiantes y a veces tan controvertidos como los temas en torno al que giran los artículos reunidos aquí bajo el título Violencia del Alma. Nos ofrece para empezar un sugestivo análisis psicológico del ritual arcaico del sacrificio de sangre. Una serie de observaciones preliminares en torno al tema de las matanzas rituales abren el primer capítulo para poder aproximarnos con suficiente sensibilidad psicológica a un fenómeno que a todas luces nuestra consciencia moderna no logra ya comprender. Y no sólo por lo alejados que están de nosotros en el tiempo, sino también porque la idea del acto del sacrificio nos resulta ya tan extraña como perturbadora. El relato bíblico del sacrificio de Isaac va a ser el portal de entrada por el que nuestro autor nos señala la gran dificultad con la que tropieza nuestra consciencia moderna a la hora de abordar la lógica de la violencia del sacrificio en aquellos remotos tiempos. Esta narración traza una línea divisoria que separa psicológicamente matanzas de primer orden, aquellas que acontecieron en situaciones arcaicas y antiguas en la historia del alma, de las matanzas de segundo orden pertenecientes al mundo de la metafísica y la filosofía.

 

Una vez ya delineadas las abscisas y ordenadas sobre las que orientarnos, se abre el segundo capítulo, Matanzas. Una versión extensa de una conferencia en la que Wolfgang Giegerich no sólo expone brillantemente la lógica interior del rito de la caza y la matanza sacrificial, sino que además nos sorprende desplegando una minuciosa y precisa descripción psicológica de la autogeneración del alma y del despertar simultáneo de la consciencia. A través del acto violento de asesinarse a sí misma, el alma se da a luz, se engendra y nace por primera vez el reino de la muerte. La capacidad de hacer del advenimiento de la muerte, el estallido de la consciencia y su establecimiento por encima de la Naturaleza, es el hito fundacional y primordial del alma. Hegel ya lo anticipó afirmando que “la muerte del animal es el devenir de la consciencia(13), hallazgo que parece retomar aquí Wolfgang Giegerich llevándolo más allá, mostrando que el acto sangriento de arrebatar la vida biológica, dio lugar al primer destello del alma, el reconocimiento de la muerte que encendió las hermosas chispas de la vida consciente.

 

El tercer capítulo, cierra el libro con un fecundo estudio de las figuras del Animus y el Anima tomando algunos ejemplos de los cuentos de hadas como Barba Azul, La novia del bandolero u otras historias como El demonio de Asmodeo. Examinados aquí desde una perspectiva de la interioridad, revelan que el asesinato, la crueldad y la violencia que muestran, no son actos externos que viniendo de fuera del personaje femenino amenazan al Anima, sino que están en la propia profundidad lógica del mismo personaje femenino; es decir, son sus propias contrapartes sizigiales internas. El Animus no es un ser, ni un ente, ni una parte masculina contrapuesta a la femenina, ni un perpetrador contra la víctima, tampoco el frío avance de la razón que atenta contra el corazón. El Animus no tiene existencia separada del Anima, sino que existe sólo como el hiriente darse cuenta de que es ella misma un proceso viviente y que mediante esas terribles y violentas imágenes, se niega a sí misma, se autolesiona, despojándose de su imaginal inocencia para reconocerse tal como es, en su propia naturaleza urobórica, sizigial, es decir anímica vida lógica.

 

Es toda una alegría presentar este primer volumen de ensayos que junto a los venideros recogerán vertidos al castellano algunos de los más notables trabajos de la obra del psicólogo alemán Wolfgang Giegerich. No me cabe la menor duda que estas publicaciones se convertirán, para todo el mundo hispanohablante, en una excelente oportunidad para conocer mejor su obra y dejar que las ideas y reflexiones que habitan en sus textos se abran para nosotros más fácilmente y nos permitan apreciarlas aún mejor y ahondar más profundamente en ellas. Las velas ya están izadas y el horizonte abierto, zarpemos...

 

Alberto Arenales.

Barcelona, 22 de mayo de 2021.

 

Notas:

1. Jean Laplanche, Castración. Simbolizaciones. Problemáticas II, (Buenos Aires, Amorrortu Editores,1988) p.160.

 

2. Carl Gustav Jung, Memories, Dreams, Reflections, (New York, Vintage Books,1989) p.183.

 

3. Wolfgang Giegerich, The Soul’s Logical Life. (Frankfurt am Main: Peter Lang, 2001).

 

4. Tragedias. Eurípides, (Madrid, Ediciones Cátedra. 2018).

 

5. “Incluso el budismo, que niega la existencia absoluta del alma, reconoce que el alma tiene una existencia relativa o convencional, y que es esta alma relativa o convencional la que transmigra. Cuando lo Absoluto o shunyata es experimentado directamente, la transmigración relativa ―y el alma separada― llega a su fin. (...) Según el Vajrayana, es esta gota indestructible ―que también poseen los Budas― lo que transmigra. Esta gota indestructible es la sede del "viento" (rLung) muy sutil que sustenta a "la mente muy sutil (o causal)", la mente de la iluminación, nuestra propia esencia espiritual.” The collected works of Ken Wilber, volume 4. 

 

6. San Agustín, De civ. Dei, XIV, 2 y 3. Cantera Montenegro, S., O.S.B. Una visión cristiana de la Historia. Comentarios sobre la  Ciudad de Dios de San Agustín, (Madrid, CEU Ediciones. 2011) p.234.

 

7. Jean-Jacques Rousseau. Emilio o de la educación. (Santiago, Ediciones de la JUNJI, 2016.) p.22.

 

8. Isaías 11:6-9.

 

9. Johann Wolfgang von Goethe. Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister. Libro VI. (Madrid, Editorial Cátedra, 2000).

 

10. Georg Wilhelm F. Hegel. Fenomenología del Espíritu. (México, Fondo de Cultura Económica.1988) p.384.

 

11. Tiihonen, J., Rautiainen, MR., Ollila, H. et al. Genetic background of extreme violent behavior. Mol Psychiatry 20, 786–792 (2015)

 

12.  Wolfgang Giegerich. What is Soul?, (Spring Journal Books, New Orleans, Lousiana. 2012) p.313.

 

13. Georg Wilhelm F. Hegel, Lecciones de Jena1805-1806 (JS III, 160: 2-3) FR 14. Alexandre Kojève. Introducción a la lectura de Hegel, (Madrid, Editorial Trotta, 2013) p.613.

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Prólogo de Alberto Arenales